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viernes, 18 de mayo de 2012

BOLSI & PULP: CINCO AÑOS EN EL “TAJO”


POR ANTONIO QUINTANA CARRANDI


Los nostálgicos de lo que yo he dado en denominar literatura bolsilibresca están de enhorabuena. Bolsi & Pulp acaba de cumplir cinco años, todo un lustro dedicado a un loable propósito: la difusión y reivindicación de la novela popular de antaño, aquella con la que nos iniciamos en la lectura varias generaciones de hispanoparlantes. El proyecto, abanderado por Odiseo, ha devenido en un referente obligado para todo amante de las novelas de quiosco, convirtiéndose, por derecho propio, en el mejor blog dedicado a esta materia en lengua castellana.

Si algo caracteriza a Bolsi & Pulp es el entusiasmo que desborda Odiseo. A lo largo de estos cinco años ha demostrado con creces tanto su valía como crítico y comentarista de novelas, como su pasión por las cosas bien hechas. Nada parece arredrarle. Aunque el blog nació como un espacio consagrado a la literatura popular en todas sus manifestaciones, Odiseo lo ha enriquecido notablemente con aportaciones diversas, no siempre relacionadas con el mundo del pulp. Memorable fue su cobertura de la tragedia vivida por los mineros de su país, así como sus estupendos reportajes sobre el terremoto que asoló Chile no hace mucho, trabajos que sin duda requirieron mucho tiempo y dedicación por su parte.

La red rebosa de blogs, páginas y sitios web que empezaron con muchas pretensiones… pero que luego se quedaron en nada. Odiseo, por el contrario, parece haber adquirido un compromiso consigo mismo y con los seguidores de su blog, compromiso al que ha hecho honor durante los últimos cinco largos años, actualizando los contenidos del Bolsi & Pulp semanalmente, organizando encuestas y sorteos, editando especiales tan fabulosos como el dedicado a Lou Carrigan y, en fin, preocupándose de que el proyecto fuera avanzando y mejorando paulatinamente.

Aún recuerdo mi primer contacto con este magnífico blog. Andaba yo navegando por la red, en busca de información y material sobre Lou Carrigan y Clark Carrados, cuando me tropecé con este sitio. Tras leerme todas y cada una de las entradas, decidí ofrecer mi colaboración a Odiseo, pues deseaba aportar mi modesto granito de arena a la encomiable labor que estaba realizando este entusiasta chileno. Labor que todavía prosigue y a la que seguiré prestando mi desinteresado apoyo mientras exista el blog y el cuerpo aguante.

Vayan desde estas líneas mis más sinceras felicitaciones para Odiseo, por un trabajo bien hecho. Ojalá estemos todos aquí dentro de otro lustro, para celebrar los primeros diez años de existencia de este insuperable blog.

viernes, 4 de mayo de 2012

UN LUSTRO DISFRUTANDO DE BOLSI & PULP… Y LO QUE QUEDA…



POR LEM RYAN

Felicidades a Bolsi & Pulp y a sus administradores y colaboradores por esos cinco años de permanencia en la red. No es fácil mantener actualizada una página web, pero ellos lo consiguen a base de entusiasmo y tesón, y naturalmente por ese amor al bolsilibro que les mueve. Mi admiración y un inmenso abrazo para todo el equipo, y también para sus seguidores. Sois el faro que sirve de guía para todo aquél que busca información sobre esa etapa de la literatura popular en español, y espero sigáis siéndolo durante mucho tiempo más.

Aprovecho además, para anunciar a los amigos de Bolsi & Pulp la próxima reedición, en el número 9 de la revista Delirio (Francisco Arellano Editor), de uno de mis títulos clásicos de ciencia ficción: "Sombras del caos", que no tardará en estar de nuevo en los quioscos, y de la que espero disfruten todos los Bolsi adictos.

Un saludo, y de nuevo felicidades por vuestro aniversario.

Lem Ryan.


Información de revista:

Noveno número de esta revista semestral que ofrece poemas, relatos y artículos. Incluye la reedición de la novela de Lem Ryan "Sombras del Caos", una novela española de los mitos de Cthulhu, junto con los relatos "El mensajero del Rey" de F. Marion Crawford, "La Escuadrilla de los Hombres Perdidos" de David Goodis, "Gente guapa" de Charles Beaumont, "Umbral" de Henry Kuttner y "Juegos peligrosos" de Marta Randall, además de los poemas "Di amigo y entra" de J.R.R. Tolkien, "La ciudad en el mar" de Edgar Allan Poe y "Sol de sangre" de Jean-Pierre Laigle, y los artículos "Realismo y utopía en la literatura española" por Mariano Baquero Goyanes y "El juego de los contrarios en E. A. Poe" por Javier Martín Lalanda.

Todo ello en 196 páginas con ilustraciones.

jueves, 3 de mayo de 2012

QUINTO ANIVERSARIO DE BOLSI&PULP




POR LOU CARRIGAN


Al principio fueron dos intrépidos muchachos (Leofumopio y Odiseo) los que crearon y dirigieron Bolsi&Pulp, y ambos demostraron su valía y su fuerza creativa. Andando el tiempo, Leofumopio tuvo que dedicarse más asiduamente a otros compromisos, y Odiseo quedó solo al frente de un gigante de la comunicación internética que ha llegado a ser el blog más importante de la literatura popular en toda la América Latina. (Sé muy bien que internético/a no consta en el Diccionario, pero tampoco consta bolsilibro…) Y ha quedado bien claro y demostrado que Odiseo se basta y sobra para dirigir y llenar su blog de material interesante y útil para todos, publicidad incluida; pero en estos cinco años (mayo 2007/mayo 2012) me ha elogiado y respetado tanto que casi me considero parte integrante de Bolsi&Pulp, así que nadie se extrañe si a mi vez me vuelco en elogios hacia este blog y mi querido amigo Odiseo.
Es absolutamente cierto y seguro que los aficionados a la literatura popular (bolsilibros o no) harán muy bien en seguir atendiendo la trayectoria de Bolsi&Pulp, porque aquí encontrarán información, ideas, y un afecto insólito hacia ellos y la lectura que les ha distraído, informado y culturizado a lo largo de sus vidas.
Todos recordamos el tremendo esfuerzo que tuvo que realizar Odiseo para cubrir noticias de suma importancia en Chile, como son, por ejemplo, los terremotos, el encierro de muchos obreros en una mina, y, en fin, toda una gama de periodismo testimonial de cuyo interés nadie puede dudar. Ello requiere una voluntad de servicio y capacidad de trabajo (y de sacrificio, esto me consta) que nadie puede poner en duda. Al mismo tiempo, su personalidad amable, correcta y simpática ha sabido ganarse amigos en la mayor parte del mundo de habla hispánica, obteniendo así colaboraciones voluntarias de gran interés general y, en no pocas ocasiones, de interés “bolsilibresco” o, generalizando, de la llamada “literatura de evasión”. Para hacernos una idea de la cantidad de amigos con que hoy cuenta Bolsi&Pulp, solamente tenemos que entrar en el blog y echar un vistazo al cuadro en el que aparecen las fotografías de algunos de sus visitantes habituales, convertidos, insisto, en amigos.



Soy escritor, y podría extenderme sin límite sobre este tema y en elogios hacia Odiseo, pero lo considero innecesario e incluso, si me apuran, sería una pedantería por mi parte, pues Bolsi&Pulp, y su creador, director y máximo trabajador se bastan a sí mismos para hacer comprender a todos que este blog tiene su recompensa en sí mismo, en su contenido, en su utilidad, en su calidad humana y profesional.
Saludos a todos.

¡Y Feliz Aniversario y Larga Vida, BOLSI&PULP!
Y un abrazo para Odiseo.

LOU CARRIGAN

miércoles, 2 de mayo de 2012

Y AHORA ME LLAMAN MAESTRO


POR RALPH BARBY


Hay que Felicitar a “BOLSI & PULP” por su primer lustro de singladura en los inmensos océanos del mágico ciberespacio. Bolsi & Pulp ha defendido y promocionado el mundo del género Pulp, género donde un producto literario que fue denominado como “BOLSILIBROS”, entre otros nombres, editó millares y millares de títulos de diferentes temáticas. Millones y millones de lectores de múltiples países los leyeron y siguen leyendo buscando evasión. Son historias que hicieron soñar con la Justicia, con la Libertad, con la defensa de los débiles, la Victoria contra los indeseables invasores, casi siempre con personajes protagonistas que nada tienen que ver con esos videojuegos donde lo divertido es matar, matar y matar, atropellar a ancianos, aplastar a mujeres embarazadas, colisiones a gran velocidad, peleas de pandillas contra el débil sólo porque es más inteligente y no es tan buen deportista. La lectura es imaginación para el que la crea y para el que la consume. He tenido la suerte de conocer a un buen número de escritores que ya no son niños que me han confesado públicamente que los “bolsilibros” despertaron su imaginación, su amor a la lectura y su pasión por ser un día también escritores. Ahora ya lo son y la mayoría de ellos están titulados en las universidades con diferentes carreras, que gran satisfacción me dan cuando me lo cuentan.

Bolsi & Pulp, al igual que otras revistas digitales, colabora al rescate de lectores y coleccionistas que habían llegado a creer que eran entes singulares y casi solitarios, pero ahora comprueban que son muchos. Cantidad de amantes de los “bolsilibros” guardan cientos y cientos de ejemplares, unos tienen afición por unas temáticas, otros por otras. Policíacas, Terror, Ciencia Ficción, Westerns... No es raro que yo tenga que responder a preguntas concretas sobre tal o cual colección, tal o cual título y muchas de esas preguntas me llegan de países de América, desde Estados Unidos a la Patagonia, sin olvidar España, por supuesto. Si hace treinta años me hubieran contado lo que hoy día me llega a través del ordenador, no me lo habría creído.

Portada REVIVIDOS en colección Pulp Ficción.


La editorial canaria “23 Escalones” ha creado una nueva colección de Bolsilibros TERROR nominada “Pulp Ficción” y tuve el honor de que la iniciaran con mi novela REVIVIDOS, novela y colección que se presentó oficialmente en el Festival de Cine Fantástico y Terror de Sitges (Barcelona). Que alegría presidir la mesa frente a una sala llena de público, escoltado a derecha e izquierda por escritores que a su vez presentaban sus novelas de diferentes editoras y que todos ellos habían leído bolsilibros en su adolescencia. Y al terminar la presentación, en el stand, a firmar novelas a los lectores. Seguro que en pocos meses volveremos a encontrarnos en otro festival importante.


Mesa Festival de Sitges 2011 - presentación libros.
Todos los que me acompañan en la foto (estoy al medio) son escritores de novelas largas de Género editadas por DOLMEN Y 23 Escalones: Pedro Escudero, Ángel-Luis Sucasas, Miguel Aguerralde y Juan de Dios Garduño.


Acá un pequeño video con parte de esa presentación en Sitges:

video

Si alguien llegó a creer que esas novelas cortas habían muerto, se equivocaron de medio a medio. Una importante editora de Audio-Libros, con un selecto cuadro de actores dramáticos, está grabando varias novelas de Ralph Barby para distribuirlas por todo el mundo en formato de descarga-electrónica y en CD. Estoy ilusionado. ¿Lo veis, amigos de Bolsi & Pulp? La labor de todos no se pierde, pueden cambiar los soportes, pero la creación, las historias siguen ahí, preparadas para entrar en las mentes de quienes deseen disfrutar de horas de evasión que el mundo que les rodea no les ofrece.

Ralph Barby sigue escribiendo. Quizás cambie de métodos, paginado, formas de soporte, pero la creación literaria permanece.

Vuestra labor, Bolsi & Pulp, es mantener la información y la crítica de todo cuanto vaya apareciendo sin olvidar el pasado. ¿Los bolsilibros en el futuro podrían llegar a llamarse Bolsi-Digital?

Un abrazo al Equipo humano de Bolsi & Pulp y a todos sus seguidores.


Raph Barby.


Foto en FNAC, estamos con la novela NUEVA ERA de Lem Ryan.
De izquierda a derecha: Un Editor, Lem Ryan, Curtis Garland, y Ralph Barby.

martes, 1 de mayo de 2012

5 AÑOS DE BOLSI & PULP… MEDIA DÉCADA DE VIDA



Hoy día 1 de mayo celebramos nuestros 5 años de vida en el blog. Bolsi & Pulp, el blog más importante de la literatura popular en todo el continente americano, ha cumplido media década de trabajo ininterrumpido.

Han pasado muchas cosas en estos 5 años, colaboradores que han pasado de modo fugaz, otros que aún continúan aportando su grano de arena a nuestra cruzada para salvar a los bolsilibros de un injusto olvido. Hemos hecho grandes amigos en distintas partes del mundo, hemos trabajado incansablemente dedicando tiempo, esfuerzo y dinero para defender nuestras lecturas.

No recibimos ningún tipo de aporte económico, puesto que para nosotros no hay nada más importante que la amistad. Y la amistad que tenemos con cientos de personas que nos siguen, nos visitan y nos apoyan, es lo más valioso que podríamos tener.

Hace cinco años atrás muchos autores bolsilibrescos habían caído en el olvido, pero gracias al aporte de sitios Pulp como el nuestro, ahora vuelven a publicar sus novelas demostrando que nuestro esfuerzo no ha sido en vano.

¿Quieren saber que ha hecho el blog en sus primeros 4 años de vida?

1- Para saber lo que hicimos en el primer año, pinchen acá.
2- Para saber lo que hicimos en el segundo año, pinchen acá.
3- Para saber lo que hicimos en el tercer año, pinchen acá.
4- Para saber lo que hicimos en el cuarto año, pinchen acá.


¿Y qué ha hecho el blog en su quinto año? Pues revisemos lo más importante.

-10 de mayo 2011: Para celebrar los cuatro años de vida del Bolsi & Pulp, se realiza una encuesta para publicar un libro completo en el blog. Para ver esa encuesta pinchen acá.

-27 de junio 2011: Se publica la novela LA FORTALEZA NEGRA de CLARK CARRADOS, que fue la ganadora en la encuesta navideña. Para leer la novela pinchen acá.

-6 de julio 2011: Aparece una excelente reseña que analiza profundamente las novelas de Western del maestro LOU CARRIGAN. Para verla, pinchen acá.

-19 de julio 2011: Se publica el video con la primera parte (de un total de tres) del documental EL RINCÓN DE LA AVENTURA, dicho documental esta dedicado a analizar profundamente la historia del Pulp. Para que disfruten de las tres partes del documental, pinchen acá.

-24 de agosto 2011: Se realiza la primera encuesta de repechaje, en ella participan todos los libros que no habían ganado en las dos encuestas anteriores y de esa forma, se les da la posibilidad a la gente de que puedan votar por ellos. La idea es publicar un libro con motivo de las fiestas patrias chilenas que se producen durante el mes de septiembre. Para ver esa encuesta pinchen acá.

-23 de septiembre 2011: Finaliza la primera encuesta de repechaje y tanto la novelas CONAN de ROBERT E. HOWARD como HERBERT WEST REANIMADOR de H.P. LOVECRAFT, empatan en la votación, por lo cual el blog publica ambas novelas. Si quieren ver el resultado de la encuesta, pinchen acá. Si quieren leer la novela CONAN pinchen acá y si quieren leer HERBERT WEST, REANIMADOR pinchen acá.

-28 de septiembre 2011: Princesawapa le realiza una monumental y divertida entrevista a Odiseo, donde habla de su vida, sus gustos y pasiones. También hay algunas fotos con sus colecciones de novelas. Para verla pinchen acá.

-12 de octubre 2011: Aparece una reseña que habla en profundidad sobre la colección de novelas para el personaje CONAN que publicó editorial Bruguera. En la misma aparecen todas las portadas de dicha colección. Para verla, pinchen acá.

-31 de octubre 2011: Para celebrar adecuadamente la noche de brujas, se publican unos cuentos aparecidos en la revista chilena EL SINIESTRO DOCTOR MORTIS, y de esa forma celebrar una escalofriante noche de Halloween. Para ver los cuentos, pinchen acá.

-9 de noviembre 2011: Aparece una reseña que habla en profundidad sobre la colección de novelas para el personaje CONAN, pero ahora de la editorial Martínez Roca, la que se dedico exhaustivamente a publicar todas las novelas del cimerio en español y en orden cronológico. También aparecen todas las portadas de la colección. Para verla, pinchen acá.

-16 de noviembre 2011: Se acerca la navidad y se realiza nuevamente una nueva encuesta para que la gente participe en una votación escogiendo un libro para ser publicado como regalo navideño. Para ver esa encuesta, pinchen acá.

-30 de noviembre 2011: Pronto se realizará el lanzamiento mundial de CANÁ: CABALLO DE TROYA 9, el último volumen de la saga caballo de Troya del escritor J. J. BENÍTEZ y el país seleccionado es Chile. Para ello Odiseo realiza una espectacular crónica, en la que asiste a la feria del libro chilena (donde es el lanzamiento del libro) y vive su propia odisea en una singular aventura dividida en cuatro partes, donde obtiene interesantes fotos y hasta algunas filmaciones en video. Seleccionen que parte desean leer.

1- Para leer la primera parte “CANÁ EN LA FERIA DEL LIBRO CHILENA”, pinchen acá.
2- Para leer la segunda parte “LA SAGA CABALLO DE TROYA”, pinchen acá.
3- Para leer la tercera parte “LA PRESENTACIÓN”, pinchen acá.
4- Para leer la cuarta parte “LA FIRMA”, pinchen acá.

-25 de diciembre 2011: Se publica la novela ULTRAMETRÓPOLIS de LAW SPACE, que fue la ganadora en la encuesta navideña. Para ver dicha novela, pinchen acá.

-21 de enero 2012: Se publican tres bellos poemas de Odiseo dedicados a Brigitte Montfort alias “BABY”, el memorable más importante del maestro LOU CARRIGAN. Para leerlos pinchen acá.

-23 de enero 2012: Aparece un interesante video sobre El Coyote, el personaje más importante de JOSÉ MALLORQUÍ. Para verlo, pinchen acá.

-26 de enero 2012: Se publica el cuento corto EL POLIZÓN de LAW SPACE, cuento que en la primera edición del libro ULTRAMETRÓPOLIS había aparecido junto con la novela. Para leerlo, pinchen acá.

-6 de febrero 2012: Aparecen dos interesantes videos que contienen el fragmento de una entrevista al gran CURTIS GARLAND. Para verlos, pinchen acá.

-31 de marzo 2012: Para celebrar los cinco años de vida del blog, se realiza una encuesta para publicar un libro. Para verla, pinchen acá.

-7 de abril 2012: Se realiza una excelente reseña sobre la vida y el mito de Elizabeth de Baviera, alias SISSI. Para verla, pinchen acá.

-1 de Mayo 2011: Dos hechos importantes tienen relevancia este día. En primer lugar se publica la novela EL VALLE QUE QUEDÓ EN EL OLVIDO del maestro LOU CARRIGAN, que fue la ganadora en la encuesta cumpleañera. Para leer la novela, pinchen acá.

Y en segundo lugar… ¡Bolsi & Pulp cumple cinco años! Con más de 160.000 visitas, más de 50 enlaces a sitios interesantes, más de 80 seguidores incondicionales del blog, y con la mayor cantidad de información que ningún otro sitio en América sobre el ámbito bolsilibresco.

Gracias a todos los que nos han dado su apoyo incondicional, gracias a todos los colaboradores, escritores y blogueros que han ayudado de manera desinteresada y por supuesto, gracias a toda la gente que nos ha visitado y comentado durante esta media década de vida.

Y si ya cumplimos media década (nuestro primer lustro) esperamos alcanzar la década completa de trabajo ininterrumpido.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS Y LARGA VIDA A BOLSI & PULP!

EL VALLE QUE QUEDÓ EN EL OLVIDO


Estimados amigos de Bolsi & Pulp: Como recordarán, EL VALLE QUE QUEDÓ EN EL OLVIDO fue la novela que ganó nuestra encuesta para celebrar los cinco años del blog. Esta es una novela de Western, perteneciente a la colección “Rurales de Texas”, de la editorial Rollán, apareció con el número 479 y fue publicada en Junio de 1972.

Agradezco a su autor, el maestro Lou Carrigan por cederme gentilmente la novela y autorizarme a publicarla en en blog.

¡Disfrútenla y larga vida a los bolsilibros!

Atentamente: ODISEO…Legendario Guerrero Arcano.


1

Manuel Chávez, o Manolón, como le llamaban sus amigos, se detuvo en lo alto de la loma, y durante unos minutos, reposadamente, estuvo contemplando el pequeño valle que se extendía al fondo, con el pueblecito a un lado. A Manuel había que llamarle forzosamente Manolón: medía un metro noventa centímetros, pesaba ciento cincuenta kilos, y tenía los bigotes más grandes de México. Todo en él era grande, colosal, enorme… Un hombre con aquel peso, aquella estatura, aquellos bigotazos, aquellas manazas, y los tremendos ojos como fuego negro, tenía que recibir el aumentativo por fuerza. Así que alguien dijo cierta vez, ya de niño, que más que Manolito deberían llamarle Manolón… Y Manolón se quedó, hasta ahora, a sus cuarenta y tantos años, jinete sobre robusto caballo, pistola al cinto y rifle cruzado en la silla de montar…
–Qué lindo –sonrió Manolón, enseñando unos dientes tan grandes y blanquísimos que el reflejo debió de llegar al pueblecito del fondo del valle.
Volvió grupas y regresó al escuálido bosquecillo de encinas que había quedado a su espalda. Cuando llegó apareció ante él, como brotado del suelo, otro mexicano, menudo y sonriente, feo como debe de serlo el mismísimo demonio, que llevaba un rifle en las manos y una guitarra a la espalda, además de un cuchillo tremendo sobre la cadera derecha, allá donde lo normal era llevar un revólver.
–¿Y…? –preguntó el de la guitarra.
Manotón desmontó, dejó suelto el caballo, y a pie llegó hasta el centro del bosquecillo. Donde había la máxima sombra, que era un celestial alivio en aquel día lleno de un sol de cien mil demonios.
Al pie de una encina había dos hombres, ambos yanquis, con una cara de tejano tan clásica que lo mismo habría dado que llevasen unos carteles colgados a la espalda diciendo que habían nacido en Texas, de padres abuelos y bisabuelos téjanos. Uno de ellos estaba sentado con la espalda apoyada en el tronco, cerrados los ojos, demudado el pálido rostro; tenía el costado derecho convertido en un puro pegote de polvo y sangre y respiraba con una fatiga cercana al desvanecimiento. El otro, acuclillado, dejó de contemplarle con preocupación, para mirar a Manolón con esperanza.
–¿Qué…? –preguntó.
Manolón se sentó delante del herido y le dio una palmada en una rodilla, cariñosamente.
–Vas a estar bien dentro de muy poco, Pete –dijo–. Verás como te curamos bien eso más deprisa que santiguarse.
El menudo y feísimo mexicano llegó tras él, arrastrando el rifle.
–¿Qué has visto? –preguntó. Más…
–Hay un valle muy lindo y un pueblecito muy lindo. Y muy pequeño. Pocas casas, pintadas de blanco, como los jacales.
–¿Crees que hemos cruzado la frontera? –se animó el tejano acuclillado–. ¿Ya estamos en México?
–Yo no sé –movió la cabeza Manolón–. Pero si no es México, merece serlo: ¡qué vallecito tan lindo, con sus casitas blancas, su riachuelo, su bosquecillo! Y hasta tiene iglesia: he visto el campanario.
–¡Ja, ja! –rió el mexicano feísimo–. ¿Es que piensas buscar al cura para confesarte?
–¿Confesarme yo? –protestó Manolón–. ¡No tengo pecados!
–¡Ja, Ja! –rió el feísimo–. ¡Ja, ja! ¡Dice que no tiene pecados…!
–Si acaso, muy chiquititos –frunció el ceño Manolón.
–¡Ja, ja, chiquititos…! ¡Tú no puedes tener nada chiquitito, hombre! ¡Un pedazo de mula como tú…!
–Ya está bien, Ja Ja –cortó el tejano–. No es momento de perder el tiempo con bromas. Pete necesita cuidados adecuados cuanto antes, o se va a desangrar. Eso, si con los trapos sucios que le hemos estado poniendo estos días no muere más infectado que una tarántula.
–Phil tiene razón –admitió Ja Ja Pérez López, el feísimo y menudísimo mexicano–. ¿Qué más has visto, Manolón?
–Nada más. Todo parece en calma y, desde luego, no es el sitio donde alguien haya podido tener la idea de poner un sheriff o algo así. Hay muy poca gente en los pueblitos como éste, y siempre son gente de la que se asusta al ver una pistola.
Phil Corbett asintió con la cabeza, y luego quedó unos segundos pensativo, mirando a su compañero herido. Pete O’Rourke había abierto los ojos y miraba con expresión mortecina a uno y a otro de sus camaradas de correrías.
Y mientras Corbett reflexionaba. Pete O’Rourke musitó:
–No quiero que os arriesguéis por mí… Si no estáis seguros de que hemos cruzado la frontera, sigamos… O seguid vosotros. Ya me las arreglaré.
Manolón Chávez, Ja Ja Pérez López y Phil Corbett se quedaron mirando sonrientes a su amigo querido. Ninguno contestó a la sugerencia de Pete, pero tampoco hacía falta. Llevaban juntos mucho tiempo y las habían pasado de todos los colores.
–Bueno –decidió finalmente Corbett, sonriendo–, bajaremos a ese pueblecito. A lo mejor, hasta hay médico.
–Médico, no creo –negó Manolón–. Pero seguro que habrá veterinario. Y eso es lo que Pete necesita: un buen veterinario que le cure.
–¡Ja, ja! –rió el menudo Pérez López–. ¡Te ha llamado mulo, Pete!
–Es lo que somos todos –jadeó Pete O’Rourke–; unos mulos… y unos desgraciados. Llevamos detrás a los rurales hace días, como si fuésemos importantes, y sólo somos unos malditos desgraciados… Ni siquiera servimos para robar. Siempre hemos estado robando miserias, y el día que nos decidimos a asaltar una diligencia para llenarnos los bolsillos de oro, nos rajamos porque nos hacen frente.
–Oye, oye –protestó Manolón, picado–, ¡que aquí no hay ningún cobarde! Lo que pasa…
–Lo que pasa es que somos tontos –cortó Phil Corbett–. Eso es lo que quiere decir Pete: si nos rajamos no fue por miedo, sino porque no queríamos matar a nadie… Y van, le meten dos balazos a Pete en el cuerpo, nos despeinan a tiros a los demás, y se quedan con el oro… ¡Con Joe Kirkpatrik tenían que haber tropezado los de aquella diligencia! ¡Ése se sí que sabe robar!
–Y matar –susurró Pete.
–¿Cómo será ese Joe Kirkpatrik? –recapacitó Manolón–. En los pasquines se ve casi tan feo como Ja Ja.
–Al diablo cómo sea –masculló Corbett–. Pero ése sí tiene malas entrañas… y sabe robar. El último golpe lo dio en Santone, quiero decir en San Antonio de Texas, ya sabéis, y dicen que el muy bestia se llevó más de veinte mil dólares. ¡Eso sí es robar!
–¡Vaya si es robar! –sacudió los dedos Ja Ja–. ¡Veinte mil dólares! ¡Qué bestia!
–Él y su banda mataron a dos empleados del banco… ¡A ésos tendrían que ir a buscar los rurales y no a nosotros, que somos tontos y unos malditos desgraciados! Pero esto se va a acabar: la próxima vez, yo aprieto el gatillo aunque tenga delante a mi padre…
–¡Ja, ja! –rió Pérez López–. ¡Pero tú qué vas a matar, hombre!
–Pues una vez maté a un tipo en Abilene… –frunció el ceño Phil Corbett–. Y no creáis que era manco.
–Hombre, pero si tirar bien ya sabemos que tiras bien –le guiñó un ojo Manolón a Ja Ja–. Lo que pasa es que a ti, como a nosotros, para meterle una bala en la barriga a uno, te la tiene que hacer muy gorda.
–¿Qué te hizo el tipo de Abilene? –se interesó Ja Ja.
–Me llamó hijo de tal y cual.
Ja Ja Pérez López volvió a sacudir los dedos.
–¡Cielos azules! –exclamó–. ¡Pues eso es decirle una cosa muy fea a un hombre, digo yo!
–Lo peor de todo es que estaba mi madre conmigo –musitó Phil Corbett–. Y precisamente aquel tipo me dijo aquello tocándola con sus manazas de cerdo… Mi madre era muy guapa. Lo que no era es lo que pensó aquel tipo, así que lo maté. Tenía trece años.
–¿Tenías trece años cuando mataste a un hombre? –abrió mucho los ojos Manolón.
–Sí.
–Pero ¿a los trece años ya llevabas revólver?
–No lo maté con revólver… Había allí cerca una horquilla de esas para mover la paja… El mango era de madera y la horquilla de hierro, con cuatro puntas muy largas. Se las metí todas en la barriga a aquel hombre... Lo dejé clavado en la fachada de una casa.
Nadie dijo nada después de oír esto, y Phil Corbett quedó también silencioso, sombrío. El herido Pete O’Rourke miraba con extraña expresión a su viejo amigo, posiblemente pensando que siempre hay cosas que desconocemos de los demás, por muy ligados que estemos a ellos, a sus vidas…
Manolón Chávez hizo un ademán como espantando una mosca.
–Bueno, yo creo que no hay por qué ponerse tristes ahora… Algún día estaremos bien. Cada cual tiene sus cosas que quisiera olvidar, y sus deseos que quisiera ver cumplidos… Dicen que en esta vida todo llega, tarde o temprano.
–¿Cuáles son tus deseos? –preguntó O’Rourke.
–Pos mira… Son sencillos: quisiera tener una mujer grande y fuerte como una mula, de carnes muy blancas, con un cuerpo así y así –trazó en el aire unas formas sensacionales, enormes–, y que fuera capaz de tener una docena de hijos.
–¿Y qué más? –rió O’Rourke, lanzando enseguida un gemido.
–¿Qué más? –se sorprendió Manolón–. ¿Y por qué he de querer nada más?
–Pues yo –deslizó Ja Ja Pérez López– quisiera una mujer también, pero pequeñita, no como la de Manolón, con sus botijos tan gordos debajo de la barbilla. Sí: una chica menudita, fea, y que supiese reír mucho. Además, quisiera tener seis vacas, unos cuantos caballos, y un pedacito de tierra para trabajarla.
–¿Y cuántos hijos? –se interesó Manolón.
–¿Hijos? No… No, no. Ninguno. Para echar hijos feos al mundo, más vale estarse quieto.
–Hombre, no seas bestia –refunfuñó Manolón–. Un hombre tiene que tener hijos. Muchos hijos… ¡Una docena de hijos! ¿Verdad, Phil?
–No sé –encogió los hombros Corbett–. No sé…
–Pues a mí, si salgo de ésta –intervino O’Rourke– me gustaría ser filósofo.
Durante unos segundos, los otros tres se quedaron mirando estupefactos a Pete O’Rourke. Por fin, Manolón masculló:
–¿Fi… qué?
–Filósofo. Uno de esos tíos que lo saben todo, y que siempre están pensando y diciendo cosas que sorprenden a los demás. Cosas bonitas, claro. Pero con sentido.
–¿Por qué no nos dices unas cosas de ésas? –pidió Ja Ja.
–Pues así, de repente… No sé… Por ejemplo: más vale ser ciego, que tener ojos y no ver.
Ja Ja quedó atónito.
–¿Y eso qué quiere decir? –farfulló.
–No sé. Yo me entiendo. Además, para pensar cosas que estén un poco bien, hay que leer mucho, y saber muchas cosas… Muchas. Y yo, ni siquiera sé leer.
–¡Toma y yo tampoco! ¿Para qué sirve saber leer?
–Eres un animal –gruñó O’Rourke–. ¡Vaya pregunta!
–Yo creo –dijo Corbett– que tendríamos que ir a ese pueblecito ahora mismo. Si nos reciben bien, mejor para todos. Si nos reciben mal, peor para ellos. Y si has de decir tonterías –miró velozmente a O’Rourke, que iba a hablar– mejor será que te calles, porque no vamos a dejarte.
Pete O’Rourke cerró la boca. Luego sonrió, y dijo:
–¿Ves, Ja Ja? Eso es una filosofía: si has de decir tonterías, es mejor que te calles.
–Sí, ésa la entiendo –aseguró Ja Ja–. Pero la de los ojos que no sirven para ver…
–En marcha –dijo Corbett.
A sus silbidos, los caballos, que triscaban apaciblemente, acudieron. Manolón colocó a Pete O’Rourke en la silla, mientras Corbett y Pérez López, ya montados, permanecían a la expectativa. Ambos quedaron flanqueando a O’Rourke, por si caía, y partieron en pos de Manolón Chávez, hacia la pequeña loma desde la cual había divisado minutos antes aquel pequeño valle con casas blancas y un riachuelo.



2

Bajo el sol de cien mil demonios, el silencio era tan completo cuando entraron en el pueblecillo que se oía el discurrir del cercano arroyo, y, cerca de éste, el cacareo de algunas gallinas.
Eso era todo.
Manolón Chávez, rifle en mano, se acercó al centro de la placita, donde había un pozo con flores. Allí, detuvo su caballo y miró alrededor con ojos entornados, endurecidos, alerta. Tras él, en el extremo de la calle, O’Rourke se sostenía en la silla cada vez más dificultosamente y Ja Ja y Corbett lo sostenían por los brazos, mientras en la otra mano mostraban el primero su rifle y el segundo su revólver.
En un roble cercano al arroyuelo, se detuvo un pajarillo, que comenzó a piar alegremente, confiadamente. Manolón Chávez sonrió, y gritó:
–¡Eh! ¡Eeeeh…!
Su grito se perdió, quizás hacia el cielo silencioso, quizás hacia las profundidades de la fresca tierra, quizás envuelto en el intenso calor seco, ardiente. ¿Texas o México? Era imposible saberlo si nadie aparecía.
–¡Eeeeh…! –volvió a gritar Manolón.
Silencio.
Silencio absoluto. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas. No se veía a nadie, pero Manolón sabía que había alguien en el pueblecito: si había gallinas, había personas. Además, también había flores en el brocal del pozo… Y pensando en las flores, Manolón metió su rifle en la funda de la silla de montar, convencido de que la gente que pone flores en un pozo no puede ser peligrosa…
Apenas hubo enfundado el rifle, temió haber cometido un gravísimo error, al oír un ruido hacia su derecha. Giró velozmente hacia allí, tirando de nuevo de la culata de su rifle…, pero quedó inmóvil.
Y volvió a sonreír, contemplando al muchacho que había aparecido en uno de los porches. Debía de tener ocho o nueve años, tenía unos ojos enormes, muy morena la piel, y vestía solamente unos sucios pantalones apedazados, que se sostenían por medio del tirante que cruzaba uno de sus flacos hombros. Iba descalzo.
–Hola –saludó cordialmente Manolón.
El chiquillo parpadeó; eso fue todo. Manolón frunció el ceño. pero volvió a sonreír enseguida. Sacó una moneda, y la hizo saltar en la palma de su mano.
–¿Eres mexicano? –preguntó.
–Sí, señor.
–Entonces… ¿esto es México?
–No, señor.
–¿Es Texas?
–Sí, señor.
Manolón frunció el ceño. Miró una vez más a su alrededor, desmontó, y el chiquillo se convirtió en un ser absolutamente diminuto a su lado.
–¿Hay sheriff aquí, o algo así?
–No, señor.
–¿Y médico?
–No, señor.
–¿Y veterinario?
–No, señor.
–¿Hay alguna taberna?
–No, señor.
–Pues, hijito… ¿qué hay en este pueblo?
–Gente, señor.
–¿Sí? ¿Dónde?
–Están todos escondidos, mirándolos a ustedes, porque tienen miedo.
–¿Miedo de mí y de mis amigos?
–Sí, señor.
–¿Y tú no tienes miedo?
–No, señor –brillaron los negrísimos ojos del muchacho.
–Pues, chamaco, sólo por eso te has ganado los diez centavos. –Manolón los dejó caer, y el muchacho los cazó al vuelo.
En el mismo porche, apareció otro muchacho, algo menor que el primero. Luego, otro. Y otro, otro, otro, otro… Cada uno, algo menor que el anterior. Hasta que, finalmente, se terminaron los chiquillos. Y los seis que había en el porche, formando escalera de estaturas, se quedaron mirando fijamente a Manolón Chávez, que sonrió una vez más.
–¿Pues sabes…? ¡Sí que hay gente! –exclamó–. ¿Son hermanos tuyos?
–Sí, señor. Somos siete.
–Oye, que sé contar –frunció el ceño Manolón–. Al menos, hasta siete. Y hasta doce, y más todavía… Bien, ¿qué contestas a lo que te he preguntado?
El chiquillo señaló hacia el porche.
–José sabe dónde hay agua caliente.
–¿Y quién es José?
–Mi hermano. El más alto.
–Ya. ¿Y tú cómo te llamas?
–Juan.
–Bueno… Según entiendo, José me dirá dónde hay agua caliente si le doy diez centavos, ¿eh?
–Sí, señor.
Manolón refunfuñó algo, y metió la mano derecha en el bolsillo, haciendo sonar las monedas. Al instante, los seis niños del porche corrieron hacia él, se plantaron delante y se quedaron mirándolo. Manolón sacó varias monedas, y miró al más alto.
–¿Tú eres José?
–Sí, señor.
–Ahí va tu moneda. ¿Y tú?
–Jacinto, señor.
–Pues diez centavos para Jacinto. ¿Y tú?
–Jesús, señor.
–Otros diez centavos. ¿Y tú?
–Jerónimo, señor.
–Tu moneda… Y queda la última. ¿Cómo te llamas tú?
–Jaime, señor.
–Muy bien; para Jaime la última moneda. Y ahora que ya me habéis desplumado, me diréis…
–¡Yo, Joaquín! –gritó el más pequeño de los hermanos, diminuto, renegrido, con los ojos más grandes que la cara–. ¡Yo, Joaquín!
–Está bien, Joaquín, pero se me han terminado las monedas…
El niño, de unos tres años, no pareció entender esto, y tiró nuevamente de los pantalones de Manolón.
–¡Yo, Joaquín!
–Está bien, hombre, está bien… Tú eres Joaquín, y yo soy Manolón. ¿Dónde podemos ir mis amigos y yo que nos den lo que te he dicho, Juan?
–¡Yo, Joaquín! –lloró el pequeño–. ¡Yo, Joaquín!
–¡Carajo de niño! –explotó Manolón–. ¡Cierra la bocota!
–¡Yo, Joaquín! ¡Yo, Joaquín!… –empezó a berrear declaradamente el pequeño, tirando de los pantalones de Manolón.
–¡Y dale! ¡Que me vas a dejar sin pantalones, muchacho…!
–¡Ja, ja! –rió Pérez López, que se había acercado, con Corbett y O’Rourke–. ¡Eso sí me gustaría verlo! ¡Tira fuerte, chamaco!
–¡Yo, Joaquín! ¡Yo, Joaquín!…
–Pero hombre, Manolón –dijo socarronamente Corbett–, ¡dale su moneda al niño!
–No tengo más monedas de diez centavos –gruñó Manolón–. Y la cosa no está para despilfarros, digo yo…
–¡Yo, Joaquín! ¡Yo, Joaquín! –insistía el niño.
–Maldita sea mi estampa… ¡Está bien, Joaquín de los demonios, aquí tienes tu moneda…! ¡Todo un dólar de mi alma! ¡Si llego a saber que…!
–¡Venid aquí ya! –gritó una voz femenina, sólida, fuerte, casi musical–. ¡No molestéis más!
Manolón miró de nuevo hacia el porche donde habían aparecidos los niños… y se quedó sin resuello. Allá, grande, blanca, fuerte, hermosota, con unos ojos negrísimos y enormes, relucientes, brillante el también negrísimo cabello, con unas graciosas caderas, brazos formidables, gran boca roja como grana y unos senos que. ciertamente, tenían el tamaño de botijos, estaba la mujer de sus sueños. Exactamente la mujer de sus sueños.
–Madre mía… –suspiró por fín Manolón.
–¿Es tu madre? –rió Ja Ja–. Pues parece más joven que tú…
Corbett, algunos de los niños, y hasta el desfalleciente Pete O’Rourke, soltaron unas risitas.
–Madre mía –repitió Manolón, en éxtasis–. ¡Madre mía! ¡Ya la he encontrado…! ¡Ésa es la mujer que siempre he buscado, y la he encontrado al fin…!
–Seguro –rió Ja Ja–. La has encontrado a ella, a sus siete hijos, y a su marido. Vamos, digo yo que una mujer no tiene siete hijos así, por las buenas, sin que un hombre la… la… O sea, que la… visite cariñosamente y que…
Dejó de hablar, y entonces Manolón Chávez miró hacia donde ahora estaba mirando Ja Ja. Sus ojos expresaron sorpresa. Luego, se entornaron, fijos en la mujer que se acercaba decididamente a ellos. Era más bien alta, rubia de ojos azules, piel dorada por el sol… Era tan hermosa, que Phil Corbett quedó sin aliento… O quizá lo que más le impresionó fue la tristeza de aquellos grandes ojos azules; una profunda tristeza que, posiblemente, era la que matizaba la serena belleza de la rubia muchacha, que no parecía mexicana.
Cuando ella llegó junto al pozo, los cuatro forasteros la estaban mirando, aunque Manolón seguía todavía un tanto sumido en su decepción.
–¿Necesitan ayuda? –preguntó la muchacha, en inglés.
Ja, Ja estaba aterrado ante tanta belleza. Manolón seguía inmerso en su decepción. Corbett estaba tan impresionado que tardó un instante de más en reaccionar. Para entonces, el herido Pete O’Rourke se había quitado ya el sombrero, dejando escapar sus largas greñas rubiales.
–Es por mi culpa, señorita –musitó–. Me caí del caballo, me clavé unos arbustos, y…
–Vengan a mi casa –dijo ella.
Dio media vuelta, y se dirigió hacia la casa de la cual había salido. Pérez López, Corbett y O’Rourke se fueron tras ella, todavía a caballo. Los dos primeros desmontaron, ayudaron a O’Rourke y entraron en la casa, detrás de la muchacha.
Manolón parpadeó, y se volvió hacia la otra casa. La hermosa mujerona había desaparecido, y también sus hijos. Suspiró, sumido en el más profundo desengaño de su vida, y comenzó a caminar hacia la casa en la que habían entrado sus amigos, abriendo el compás de sus larguísimas y robustas piernas.
–¡Espérame! –oyó–. ¡Eres muy grande!
Miró a su alrededor, pero, finalmente, comprendió. Bajó la mirada, y vio, como perdido en las profundidades, al diminuto Joaquín, que lo miraba como podría mirar un enano a la copa del más alto árbol.
–¿Qué te pasa a ti? –gruñó Manolón–. ¿Acaso quieres otro dólar?
–Quiero ir contigo.
–¿Conmigo? ¡Lárgate, mocoso, o podría pisarte!
Siguió caminando, dejando atrás un instante al pequeño Joaquín, que tuvo que mover sus piernas a increíble velocidad para rebasarlo y pararse delante.
–¡Quiero ir contigo! –gritó.
–¡A donde te vas a ir es a la…! –Se calló, comprendiendo que la barbaridad era excesiva–. Oye, ¿por qué no te vas con tu padre? ¡Y dile que si le veo, le voy a romper la cara por aguafiestas!
Pasó por el lado del pequeño, y entró rápidamente en la casa de la rubia muchacha. Ja Ja estaba allí mismo, en el pequeño vestíbulo, sombrero en mano, y señaló hacia una de las puertas, en silencio. Manolón cruzó aquel umbral y vio a Pete O’Rourke tendido en la cama, sobre una manta oscura. La muchacha rubia le había quitado los trapos sucios que cubrían la doble herida de bala, y estaba contemplando pensativamente el destrozo. Cuando alzó la cabeza, Manolón supo que ninguno de ellos cuatro sería jamás capaz de engañar a tan dulce criatura.
–Tuvieron que ser unas ramas muy fuertes –susurró ella–. Iré a calentar agua, y traeré una botella de tequila, para desinfectar la herida. Siento no tener otra cosa.
O’Rourke la estaba mirando con la expresión de quien se ha encontrado un ángel en un país de demonios.
–Va a ser una pena desperdiciar el tequila en esto, ¿verdad, Manolón? –Desvió la mirada hacia el enorme mexicano.
–Tú cierra la bocota –gruñó Manolón, de pésimo humor– que la señorita sabe lo que hace.
–Yo la ayudaré –musitó Corbett.
–Podría usted ir a la cocina a calentar agua –dijo la muchacha–. Yo iré a pedirle la tequila a la viuda Martínez. Su marido tenía tanta que le va a durar toda la vida… ¿Quieren que llame al padre Anselmo?
–¿De quién es padre ese Anselmo? –preguntó Corbett.
La muchacha lo miró sobresaltada, y Manolón soltó una risita furiosa.
–No seas bruto, Phil, se refiere al padre cura. Y los curas no son padres de nadie. Bueno, quiero decir que son padres de todos. Vaya, lo que quiero decir…
–Ya sé lo que es un cura –masculló Corbett–. ¿Así que tienen un cura en este pueblito?
–No, no… Está a muchas millas de aquí, al otro lado de la frontera, en México. Pero cuando lo necesitamos hacemos sonar las campanas de la vieja iglesia y alguien le dice que lo necesitamos en Valle Salazar. La noticia llega más deprisa que enviada por pony-express –sonrió levemente.
–¿Y para qué necesitamos al cura? –preguntó Corbett.
–Él sabe muy bien curar heridas de bala –replicó la bella rubia.
Quedaron todos silenciosos, cambiando miradas los cuatro hombres. Por fin, Manolón carraspeó, y movió negativamente la cabeza.
–Será mejor no molestar al padre –susurró–. ¿A cuántas millas está la frontera con México?
–Unas cuarenta.
–¡Caray! –resopló Manolón–. ¿Y el padre hace ese viaje si le dicen que están sonando las campanas de este pueblito?
–Sí, porque sabe que sólo en caso de gran necesidad lo molestamos entre semana. Los domingos viene él para decir misa. Los habitantes de Valle Salazar son casi todos mexicanos. Este es un sitio apartado de todo, y casi nunca viene nadie.
–¿Es un lugar para pasar unos días tranquilamente, sin que aparezca nadie que le moleste a uno? –musitó O’Rourke.
–Sí. –La muchacha lo miró fijamente–. Ni siquiera la ley viene por aquí más de una vez al año. Nunca pasa nada… Será mejor que preparemos las cosas para curarle bien la herida, señor… Iré a por…
–Pete O’Rourke –musitó el herido–. Ellos son mis amigos, Manuel Chávez y Phileas Corbett. El que está afuera, es Ja Ja Pérez López.
–Yo me llamo Wanda –murmuró la muchacha–. Vamos a la cocina, señor Corbett.
–Si me dice dónde puedo encontrar a esa viuda Martínez, yo iré a por el tequila –dijo Manolón.
Un destello casi divertido apareció en los azules ojos de Wanda.
–Usted sabe muy bien dónde encontrar a la viuda Martínez, señor Chávez.
–¿Yo? –se sorprendió el mexicano.
–Claro. La vio perfectamente antes, en el porche, con sus hijos.
Durante unos segundos, Manolón quedó petrificado, como si no hubiese comprendido nada de nada. Por fin, su bocaza comenzó a moverse en silencio varias veces antes de poder tartamudear:
–¿La…? ¿Así que la…? ¿O sea que ella…?
–Es una mujer muy valiente. Quedó viuda hace casi tres años, y ella sola está trabajando sus tierras para dar de comer a sus hijos. Se llama Carmen.
Manolón Chávez estuvo todavía unos segundos como quien ve estrellas de todos los colores. De pronto dio media vuelta y salió como disparado de la habitación enviando contra la pared a Ja Ja al pasar por su lado. Salió al porche, ya casi corriendo, pero tuvo que detenerse en seco al ver ante sus pies al diminuto Joaquín sentado en el porche, sorbiendo mocos. El niño se puso en pie de un salto, chupó el último moco, y gritó:
–¡Quiero ir contigo!
–¡Pos claro! –aulló Manolón riendo–. ¡Claro que vendrás conmigo, pequeño marrajo!
Lo alzó hasta uno de sus hombros, y bajó del porche. El pequeño Joaquín comenzó a reír, divertidísimo ante la nueva perspectiva que le ofrecía su pueblito desde allá arriba. Todavía estaban cruzando la placita cuando ya ésta se iba llenando de gente que contemplaba la escena entre sonrientes y todavía retraídos. La mayoría, en efecto, eran de raza mexicana, y su aspecto era modesto, tirando a pobre.
–Hola –saludaba Manolón, mirando a todos lados–. ¡Hola! ¿Qué tal? ¡Buenos días, buenos días, buenos días…!
–¡Buenos días, buenos días, buenos días! –gritaba Joaquín, desde lo alto, riendo.
Y riendo, llegaron los dos ante la puerta de la casa de los Martínez. Manolón llamó con un golpetazo que casi astilló la madera, y la puerta se abrió enseguida mostrando a la hermosota viuda Martínez, enfurecida, mirando hacia abajo.
–¡Como vuelvas a…! –Se calló bruscamente, contemplando aquellos enormes pies; luego, poco a poco, su mirada fue ascendiendo, hasta llegar a los llameantes ojos de Manolón, se sofocó, miró a su hijo menor, sentado en el colosal hombro, y lanzó un respingo aterrado–. ¡Jesús!
–¡Estoy aquí! –gritó dentro de la casa el niño llamado así.
–¡Cállate, tonto! –le increpó Juan–. ¡Mamá se ha asustado!
–Buenos días, señora viuda Martínez –dijo Manolón.
–¡Joaquín! –ordenó ella–. ¡Baja de ahí ahora mismo!
–¡No quiero bajar!
–Joaquín está seguro conmigo, señora viuda –sonrió Manolón, que al ver de cerca a la viuda tenía la impresión de que acababan de abrírsele las puertas del cielo–. Soy muy fuerte. Soy tan fuerte que hasta podría tener en mis hombros a sus siete hijos, y estar tan tranquilo. Puedo arrancar árboles de raíz, partir en muchos pedazos a un hombre, matar de un puñetazo a una mula, arar yo solo cualquier campo… Me llamo Manuel Chávez. Pero mis amigos me llaman Manolón.
–¡Ja, ja! –oyó Manolón, dentro de la casa–. ¡Ja, ja, Manolón…!
–¡Calla, tonta! –increpó José, el segundo hijo de la viuda–. ¿No ves que es muy grande? ¿Por qué te ríes?
–¡Ja, ja, qué risa me da! –exclamó una voz femenina–. ¡Se llama Manolón…!
Éste estiró el cuello, y vio, arrodillada ante el lar, a una mexicanita menuda, de largas trenzas negras, y tan fea que casi daba pena verla.
–¡Carajos! –exclamó Manolón–. ¡No es posible!
–Perdónela –dijo la viuda–. Es Rosita, mi sirvienta. Es tonta. Siempre se está riendo por todo…
–Pero… ¿qué pasa en este pueblo? –farfulló Manolón–. ¡Hay de todo!
La viuda lo miró sorprendida.
–¿De todo? ¡Pero si aquí no hay de nada…!
–Yo me entiendo, señora viuda… La señorita Wanda dice que usted podría vendernos una botella de tequila… ¡No es para beber! Es para desinfectar la herida de mi amigo… ¿Tiene usted esa botella, señora?
–Sí… Un momento. Pase, por favor.
Manolón tuvo que bajar a Joaquín de su hombro para poder cruzar el umbral. El chiquillo comenzó a berrear, pero Manolón lo miró severamente.
–Marrajo –gruñó–, los que quieran ser amigos míos no tienen que llorar nunca. Son las mujeres las que lloran, ¿te enteras?
El niño dejó de llorar instantáneamente. Se quedó mirando a Manolón con los ojos abiertos como platos, entre aterrado y maravillado. Seguramente, lo único que había comprendido era que a Manolón no le gustaba oírlo llorar, y eso era suficiente para él. Ante los asombrados hermanos de Joaquín, y la no menos asombrada madre, el gigantesco mexicano sacó su revólver. y vació el cilindro, guardándose las balas en un bolsillo.
–Muy bien –dijo sonriendo–. Como me has demostrado que eres un hombre, te dejo mi cuete un rato… ¡Ve a matar indios!
Joaquín tomó el revólver, pero el peso le hizo vacilar. Se quedó con el arma en los brazos, mirando a todos lados sin saber qué hacer. Su hermano mayor se le acercó, y le musitó unas palabras al oído. Debió de convencer a Joaquín, porque ambos salieron de la casa, seguidos inmediatamente por los demás.
Manolón miró a la viuda, que lo estaba contemplando con extraña expresión, que el mexicano interpretó con toda exactitud.
–No es malo llevar pistola, señora –musitó–. Lo malo es que la lleven los demás… y no llevarla uno.
Ella no contestó. Abrió un armario, donde se veían dos hileras de botellas de tequila. Tomó una, se volvió y vio la sorprendida mirada de Manolón.
–Aquí no se encuentra nada de esto –murmuró la viuda–, así que cuando Ramón iba a México traía muchas botellas… Ramón era mi difunto marido.
Manolón se persignó precipitadamente.
–Que en paz descanse –dijo.
–Gracias –se sofocó la viuda–. Aquí tiene, señor Chávez.
–Gracias a usted… ¿Cuánto tengo que…?
–No, no… Es un regalo.
Manolón parpadeó. Luego, miró a la feísima Rosita, que lo estaba contemplando con la risa a flor de labios. Sí, era fea, pero tenía algo gracioso… Además, tenía lo que debe tener toda mujer… Era fea, pero no estaba mal… Manolón se sorprendió a sí mismo sonriendo, ante la estupefacción de la viuda.
–Señora –dijo–, ¿permite que sea Rosita quien lleve la botella? Si la llevase yo, a lo peor me la bebía por el camino.
–¡Ja, ja! –rió Rosita–. ¡Ja. ja!
–¡No rías más, tonta! –regañó la viuda–. ¡Y ve a llevar la botella a casa de la señorita Wanda! ¡Corre!
La mexicanita tomó la botella, y salió corriendo… y riendo. Quedaron solos en la casa Manolón y la viuda, y Manolón, tras unos segundos sin saber qué decir musitó:
–No se crea lo de la botella, señora viuda… Yo no bebo… Bueno, sí que bebo, pero no a lo bestia… Vamos, lo que quiero decir…
–¿Quiere otra botella para usted? –susurró ella.
–No, no…
–A mí no me sirven de nada.
–Bueno… No sé… Se la pagaré, claro…
–Ya la pagó antes. Por aquí no hay mucho dinero, y el que le dio antes a mis hijos…
–Ojalá yo fuese Joe Kirkpatrik –gruñó Manolón.
–¿Quién? ¿Qué…?
–Si yo fuese Joe Kirkpatrik habría robado más de veinte mil dólares… y se los daría todos a usted.
–¡Oh! ¿Ese hombre… es un ladrón?
–Y un asesino. ¡Ése sí que tiene la piel del demonio!
–¿Usted no es un ladrón, ni un…?
–No, no… ¿Ladrón? Bueno… Vaya, demonios… ¿De verdad me va a regalar otra botella, señora?
Ella fue a buscarla, y se la entregó.
–¿Quiere un vaso? –murmuró.
Manolón negó con la cabeza. Sacó su cuchillo, metió la punta en el tapón, y lo sacó. Luego, se bebió de un solo trago media botella de tequila, chascó la lengua, y dijo:
–Puritito veneno, no más –sonrió–. ¿Lo ve, señora? ¡Hay que beber con moderación! Ya sé que me he bebido media botella, pero tenga en cuenta que yo soy un hombre muy grande y muy fuerte. Lo necesito todo en cantidad… En mucha cantidad.
La miró detenidamente, con ojos chispeantes, y Carmen Martínez notó cómo su rostro, toda su piel, comenzaba a arder. Afuera se oían los gritos de un montón de niños, que debían de estar jugando con el revólver de Manolón. A lo lejos, ladró un perro. Manolón no oía nada, sólo veía el sonrojado rostro femenino, que a él le parecía tan hermoso, con aquellos ojos tan grandes y relucientes… Se dio cuenta de que los dos llevaban demasiado tiempo callados, y carraspeó.
–Es una tequila muy buena –musitó.
–Ramón era muy listo… Ganaba mucho dinero, y siempre compraba cosas buenas…
Manolón frunció el ceño.
–Que en paz descanse –masculló.
–¿Quién?
–Ramón. Yo no soy muy listo, señora, pero soy muy, muy fuerte… Vea… Toque usted aquí.
La viuda retrocedió un paso cuando Manolón colocó un brazo doblado ante ella. Se había vuelto a sofocar y estuvo unos segundos con la mirada fija en el suelo. Manolón no sabía qué hacer, pero de pronto ella alzó una de sus rollizas y fuertes manos, y apretó el abultado bíceps.
–¡Jesús! –exclamó, nuevamente sofocada.
Manolón hinchó el descomunal pecho, sonriendo, y dobló el otro brazo.
–Éste es igualmente fuerte –aseguró–. Toque, toque…
La viuda tuvo que colocarse entre ambos brazos del gigantesco mexicano para apretar el otro bíceps. Estaba como aturdida, pero de pronto reaccionó y se apartó.
–Sí –dijo con voz velada–. Es usted un hombre muy fuerte, señor Chávez… Muy fuerte y muy grande
–Por eso usted debería llamarme Manolón. Me gusta. No se lo va a creer, pero puedo levantar una mula como si nada. ¿Usted no tiene una mula?
–Tengo tres mulas y dos burras. Tendría que labrar la tierra con ellas, pero hace tiempo que no me obedecen. No quieren trabajar.
–¿No? ¡Las muy…! ¿Dónde están?
–En el corral, detrás de la casa.
–¿Me permite ir allí? ¡Ya verá lo que yo les enseño a esas bestias!
–No, no… Están muy resabiadas, pueden patearle…
–¿A mí? ¿Patearme a mí…? ¡Vamos allá!
Se fue hacia la puerta del fondo, seguido por la viuda, que insistía en que era peligroso, le rogaba que no hiciese nada… Nada más entrar en el gran corral, cuya puerta principal de acceso estaba a un lado, Manolón vio las mulas y las burras. Pero había algo más. Todo estaba lleno de estiércol, un roble seco había caído de lado cruzando el corral, las hierbas crecían por el viejo muro que parecía a punto de derrumbarse…
La actuación de Manolón durante los siguientes cinco minutos dejó a la viuda Martínez sumida en el más grande estupor de su vida… Lo primero que hizo fue acercarse a las mulas y emprenderla con ellas y las burras a patadas y puñetazos, arrinconándolas hacia el fondo del establo; una de las mulas lanzó una aviesa coz, pero Manolón asió la pata, tiró hacia arriba, y derribó al animal, comenzando seguidamente a propinarle feroces puntapiés en el vientre… Luego, siempre a puntapiés y puñetazos, la reunió con las demás, y las dejó allí temblorosas, aterradas… Con una pala enorme, comenzó a cargar el estiércol en dos grandes cajones, hasta que el corral estuvo casi tan limpio como la casa. Luego empujó el roble caído hacia la gran puerta doble del corral. Por último, con un ronzal en la mano, se acercó a la mula que había intentado cocearle y le dio en el morro con toda su fuerza, dejándola poco menos que muerta de miedo, hasta el punto de que no se movió un milímetro cuando le colocó el cabezal, ató a éste una soga de cáñamo, y anudó el otro extremo a una de las cajas.
–¡Arrrreeeee, maldita! –aulló.
Y le dio otro puñetazo en el vientre. La mula debió de comprender perfectamente lo que se esperaba de ella y quién mandaba allí, porque comenzó a tirar hacia fuera del corral, arrastrando la caja. Luego, sacó la otra, y el gran roble seco… La buena vida se había terminado en el corral de la viuda Martínez.
Por fin, Manolón se plantó ante la viuda, jadeando, pero sonriente.
–Luego vendré a hacerle puras astillas ese roble, pa que cocine, señora. Nos vemos.
Y dejando sola a la estupefacta viuda, salió del corral.


3

Pete O’Rourke, desnudo de cintura para arriba, yacía en la cama, desmayado por la cura, que no había sido nada fácil, pues la herida, sucia de tantos días con la sangre amasando polvo, había estado cubierta con una costra enorme. La bella y rubia señorita Wanda estaba aterrada, y sobre todo asombradísima de que O’Rourke no hubiese muerto de una infección, que habría sido absolutamente natural y lógica.
–Pete es casi tan fuerte como yo –sonrió Manolón–. Bueno, bastante casi tan fuerte como yo.
–Pero eso no quiere decir nada –protestó Wanda–. ¡Debieron detenerse en algún sitio, hace días, para atender bien esa herida!
–Bueno…, es que teníamos un poco de prisa, ¿sabe? Nos están esperando unos amigos en…
–No persiguen los rurales –cortó secamente Phil Corbett.
Wanda lo miró, sin asombrarse lo más mínimo, pero Manolón frunció el ceño. Corbett estaba sentado en una silla de palma, cerca de la ventana, mirando hacia la placita, fumando, hosco el gesto
–¿Por qué? –musitó Wanda.
–Pos puritita manía que nos tienen –dijo Manolón–. Total…
–Intentamos asaltar una diligencia –dijo Corbett.
–¿No podrías tener cerrada la bocota? -explotó Manolón.
–¿Mataron a alguien? –susurró Wanda.
–No. Ni para eso servimos.
–¿Pero son… bandidos?
Manolón se echó a reír.
–¡Lo que somos es unos desgraciados! Usted dice que la ley viene aquí una vez al año, ¿verdad? Pues bueno, ya verá como la visita de este año la adelantan y nos pilan aquí.
–No nos pillarán, Manolón –dijo Corbett–, sólo hay cuarenta millas de aquí a la frontera de México, una jornada.
–Sí… Una jornada estando descansados nosotros y los caballos –recapacitó Manolón–. Pero nadie recorre cuarenta millas en una jornada en las condiciones en que estamos nosotros. Sobre todo, Pete. Al curarle lo hemos estropeado, tendrá que descansar dos días por lo menos.
–Yo creo que podrá descansar más tiempo –murmuró Wanda–. Ya verán como nadie llega a Valle Salazar en mucho tiempo. Hay caminos más fáciles para ir a México, pueblos donde hay de todo, cantinas, comida, bebida… Y aquí o hay nada. Podrán descansar tranquilos.
Corbett la miró casi ceñudamente. Luego miró a O’Rourke, que dormía respirando profundamente. De nuevo miró a la muchacha… Y de pronto miró a Manolón.
–¿Y tu revólver?
–Se lo he prestado a los hijos de la viuda
–¿Que has prestado el…? ¿Estás loco?
–Pues yo creo que no, Phileas –sonrió Manolón.
–¡Y yo digo que sí! ¡Por mi padre, tú estás loco, Manolón! ¡Prestar el revólver a unos niños!
–Lo descargué antes.
–¡Lo descargaste antes! ¡Maldita sea tu estampa! ¿Cuándo has visto tú que unos tipos como nosotros presten su revólver a nadie?
–Nunca. Y es la primera vez que lo hago yo… Aquí se está bien y tranquilo, Phileas.
–¿Estás hablando en serio?
Manolón vaciló visiblemente
–Pues… Bueno, hombre, yo creo que no hay para tanto.. Ya me conoces; ni a mi padre le habría dejado el revólver, pero en este pueblito…
–Escucha –Corbett señaló la ventana–. ¿Ves esa calle? Por ahí, procedentes del norte, van a llegar en cualquier momento los rurales de Texas, y…
–Está bien; está bien… Iré a buscar mi revólver… Vete al demonio. Phileas, ¿dónde está Ja Ja?
–¿Yo qué demonios sé?
Manolón soltó un bufido, y salió del cuarto. Iba hacia la puerta de la casa cuando tras él oyó unas risas
–¡Ja, ja! ¡Ja, ja ja…! ¡Ja, ja!
Frunció el ceño, dio media vuelta, y se dirigió a la cocina. La puerta estaba entornada, así que sólo tuvo que adelantar la cabeza para echar un vistazo al interior: riendo, Ja Ja Pérez López perseguía a Rosita alrededor de la mesa. Ambos reían alegremente, iluminados sus feos rostros. Ella se volvía, le provocaba con la mirada y seguía escapando de las ávidas manos de Ja Ja, tendidas hacia ella. La fea mexicanita era muy hábil en escapar, pero por fin una de las manos de Ja Ja asió el borde de su blusa, por detrás, y la rasgó. Inmediatamente, Rosita se detuvo, y se volvió. Ja Ja quedó como clavado en el suelo, y sus ojos se abrieron mucho al ver al descubierto un hombro de la muchacha, y parte de uno de los senos. Durante unos segundos, ambos permanecieron inmóviles, como petrificados.
De pronto, Ja Ja alzó ambas manos, tomó a la muchacha por los hombros, y la atrajo. Rosita se abrazó a su cintura, alzó la barbilla, y sus grandes ojos rientes quedaron fijos en los de Ja Ja, que parecía aturdido. Tragó saliva, vaciló un instante, y comenzó a inclinarse hacia la boca de Rosita, que cerró los ojos y entreabrió los labios… Cuando Ja Ja llegó a completar el beso, ella se abrazó a él más fuertemente. El silencio era impresionante.
Bruscamente, Manolón dio media vuelta, y se alejó de a cocina. Salió de la casa, cruzó la placita, directo hacia la casa de la viuda, y entró en ella como si fuese la propia. La viuda Martínez estaba ante el fuego, inclinada, acabando de preparar la comida que, evidentemente, Rosita había olvidado… Al oírlo, se volvió, y se quedó mirándolo, intentando conseguir una sonrisa de bienvenida por encima de su expresión de desconcierto.
Manolón fue hacia ella, se plantó delante, y dijo:
–Que en paz descanse.
Rodeó con sus brazos el frescachón, sanote y abundante cuerpo de la viuda, y dispuesto a dominar cualquier intento de resistencia por parte de ella, la besó en la boca. No tuvo que emplear su colosal fuerza para nada, porque Carmen se abrazó a él, y mientras correspondía a su beso, Manolón se sintió transportado al «puritito» paraíso.
Sí, señor… Que en paz descanse el finado Ramón.
* * * *
Se sentía descansado y bien, como si jamás le hubiese dolido nada. Durante unos segundos, estuvo mirando la luz del sol, en aquella ventana que tenía cortinas muy bonitas y limpias. Y eso le hizo recordar, bruscamente, la realidad de su situación.
Lanzó una exclamación ahogada, quiso incorporarse y una mano se posó en su hombro, reteniéndolo acostado.
–No se levante aún –dijo un ángel–. Mañana estará mucho mejor.
Pete O’Rourke desvió sus ojos hacia el ángel. Era un ángel rubio, de dulce voz, ojos azules, expresión triste. Estaba sentada en una silla, junto a la cama, y todavía tenía la mano sobre su hombro.
–Es usted…
–Se ha pasado dos días durmiendo –susurró ella–. Apenas ha despertado un minuto dos o tres veces, pero me parece que no se daba cuenta de nada, señor O’Rourke.
–No… No me daba cuenta de nada… ¿Llevo dos días aquí, en esta cama?
–Sí. Pero el peligro ya ha pasado.
O’Rourke parpadeó. ¿El peligro? Peligro… ¿de qué? De pronto respingó, y pese al intento de Wanda por contenerlo, se sentó en la cama, bruscamente, y su mirada fue hacia la cabecera, instintivamente, en busca de su revólver. Lo vio allí, donde debía estar, y alargó un brazo hacia el arma, la empuñó, y de pronto se encontró con los ojos de Wanda fijos en los suyos.
–Ya les dije a sus amigos que aquí no vendrán los rurales de Texas –musitó ella–. Nunca viene nadie.
Pete O’Rourke casi no oía las palabras de la muchacha. Le importaba mucho más su expresión. Aquella extraña expresión de profundísima tristeza pareció penetrar en él, lentamente, como un cuchillo mal afilado que fuese desgarrando su carne.
–Lo siento –susurró–. Lo siento de veras…
–Su reacción es normal –susurró también ella–. Mis hermanos y mi padre hacían lo mismo. Y mi marido.
–¿Qué…?
–Los mataron a todos. Los ahorcaron.
Pete O’Rourke se sintió de pronto como helado por dentro.
–¿A quiénes?
–A mi marido, a mi padre, a mis dos hermanos… Los cazaron en Silver Mountains, hace ya más de un año…
–¿Quiénes los cazaron?
–La ley. Yo iba con ellos… Con toda la banda. Siempre había ido con ellos, y tuve que seguir con ellos cuando mi padre me obligó a casarme con Jonah, su lugarteniente. Siempre con ellos, de un lado a otro, como si yo también robase y matase como ellos… Yo era de la banda también, ¿verdad?
O’Rourke tragó saliva.
–No… no sé… –tartamudeó–, no sé lo que dice…
–Sí. Lo sabe. Ya me ha entendido. Y yo les entiendo a ustedes y a sus amigos. Les comprendo. Siempre están huyendo, como hacían los míos… Tuve un hijo con Jonah. Tenía dos años cuando lo mataron.
–¿A quién? –casi gimió O’Rourke.
–A mi hijo. Era un niño muy hermoso, rubio, con los ojos azules. –Wanda sonrió dulcemente, perdida la mirada–. Era un niño muy hermoso, que siempre iba conmigo en el caballo. Yo le pedía a mi padre y a Jonah que nos dejasen a los dos en cualquier parte, que no nos obligasen a ir con ellos, pero siempre me lo prohibieron. Tenía que estar con ellos. Por eso, un día, los rurales mataron a mi hijo.
–¿Los rurales mataron a…? ¡Eso no es posible!
–¡No fue culpa de ellos…! Nos acorralaron a toda la banda… Yo le dije a mi padre que debíamos entregarnos. Primero me miró con aquella furia en sus ojos, pero luego sonrió. Dijo que había tenido una gran idea, y se fue detrás de una roca para gritarles a los rurales que iban a entregarse todos. Yo tomé a mi hijo en brazos, y me fui para allí también. Cuando mi padre gritó que se iban a entregar bajo ciertas condiciones, uno de los rurales se acercó, dispuesto a escucharlo, a llegar a un acuerdo. Mi padre lo asesinó: cuando apareció aquel rural, le disparó, y le reventó la cabeza. Entonces, los rurales comenzaron a disparar, mataron a casi toda la banda y a los que quedaron vivos, los ahorcaron después de juzgarlos. A mí me dejaron marchar. Yo ya no tenía nada. Nada, nada, nada… No tenía padre, m hermanos, ni hijo… La última vez que lo tuve en mis brazos estaba muerto. Una bala había atravesado su cuerpecito, y me había herido a mí… Y ahora no tengo nada, nada, nada… Tengo mi vida, pero… ¿para qué la quiero?
Pete O’Rourke abrió la boca, pero en el acto se hizo una pregunta: ¿qué podía decir? ¿Qué podía decirle a aquella muchacha? Si acaso, que comprendía ahora aquella profunda tristeza en sus bellos ojos… ¡Porque eran tan bellos, tan hermosos…! O’Rourke vio las dos lágrimas colgando de las largas pestañas y tuvo la impresión de que el corazón se le hacía pequeño. ¿Por qué no se le ocurría algo? Tenía que decir algo. Algo que calmase el dolor de Wanda, pero no se le ocurría nada. Nada, nada, nada. Estaba tan vacío como ella misma, no tenía nada, nada, nada.
Pero decidido a romper aquel silencio, dijo:
–¿Usted sabe leer y escribir?
Wanda lo miró, parpadeó, y las dos lágrimas rodaron por sus mejillas.
–Sí.
–Yo no. Y me gustaría tanto… Pero debe de ser muy difícil.
–No. No lo es. Pero requiere tiempo.
–¿Cuánto?
–No sé… Depende… Semanas, meses quizás.
–¿Yo podría aprender?
–Claro.
–Pero tendría que quedarme aquí…
–Sí… Sí.
–¿Usted me enseñaría?
–Sí… Le enseñaría.
–Entonces, yo podría ser filósofo. ¿Usted sabe lo que es un filósofo?
–Sí –sonrió Wanda, dulcemente–. Lo sé. Desde que vine a vivir para siempre a Valle Salazar he leído muchos libros. Gano un poco de dinero cuidando a los niños del pueblo, y les digo a sus padres que tienen que traer libros. Siempre que van a México, o a Texas, traen los libros que yo les pido. He enseñado a leer a casi todos los niños de Valle Salazar.
–Entonces, ¿por qué dice que no sabe para qué quiere su vida? La vida se quiere para vivirla.
–¿Eso es una filosofía? –volvió a sonreír Wanda.
–No sé. Pero los que estamos vivos tenemos que vivir, me parece a mí.
–Debe de tener usted razón.
–Sí, la tengo.
–Y sus amigos también deben de tenerla. Sobre todo, Manolón y Ja Ja. Ellos sí le entienden a usted.
–¿Por qué dice eso?
–Porque están viviendo la vida mientras están vivos. Usted no lo sabe porque ha estado durmiendo, pero durante estos dos días, ellos han encontrado motivos para vivir la vida.
–¿Qué motivos? –parpadeó Pete.
–Carmen y Rosita.
O’Rourke quedó un instante estupefacto.
–¿Quiénes son?
–Una de ellas es la viuda Martínez. Le hablé de ella, ¿recuerda? La otra es la mexicanita que vino a traer la botella de tequila antes de que yo le curase a usted la herida.
–Sí –sonrió Pete–. Las recuerdo a las dos. ¿Y dice usted que Manolón y Ja Ja…?
–Sí –sonrió también Wanda–. Se pasan el día con ellas. A Ja Ja y a Rosita se les ve besándose y riendo por todas partes.
–¿Y Manolón no besa a la viuda?
–En Valle Salazar sospechamos algo más que eso. Pero son más discretos: casi siempre están en la casa.
–Entiendo –rió ahogadamente el herido–. Vaya, me alegro mucho por Ja Ja. Y por Manolón. En el fondo es un hombre de suerte… ¡De mucha suerte! Le han ahorrado más de la mitad del trabajo.
–¿De qué trabajo?
–Él quería encontrar una mujer grande, fuerte y hermosa… y tener doce hijos con ella. Puesto que la viuda ya tiene siete hijos, yo pienso que a Manolón le han hecho más de la mitad del trabajo, ¿no le parece?
Wanda estuvo un par de segundos atónita. De pronto, se echó a reír. Y a O’Rourke le pareció una niña súbitamente feliz, sin recuerdos, sin pasado, sin temores… La vida que ha pasado, jamás volverá: hay que vivir el presente, quizá pensando un poco en el futuro, pero nunca en el pasado. Ésta le pareció una buena filosofía, pero no la dijo. Sólo, sin darse cuenta realmente, tomo una mano de Wanda, y se quedo mirándola. Ella dejó de reír y también se quedó mirándole fijamente, un poco arrebolado el rostro. Ninguno de los dos dijo nada.
Simplemente, estuvieron así, mirándose, tiempo y tiempo… hasta que, inesperadamente, silencioso como un gato, Phil Corbett apareció en el cuarto.
Los dos volvieron la cabeza hacia él, que parecía haber quedado clavado en el suelo. Miró de uno a otro, dio media vuelta, y se dispuso a salir, pero Pete O’Rourke dijo:
–Hola, Phil. ¿Querías algo?
Corbett dio de nuevo media vuelta, y miró a su amigo, a su viejo compañero de correrías.
–Venía a ver cómo estás.
–Estoy muy bien –sonrió O’Rourke.
–Sí… Ya lo veo. ¿Cuándo crees que podremos seguir cabalgando hacia México?
–No sé.
–He limpiado los caballos, les he dado grano para comer, y han bebido agua fresca. Están descansados. También nosotros estamos descansados, Pete… Yo creo que no debemos abusar de nuestra suerte.
–¿A qué te refieres?
–Llevamos dos días aquí. En ese tiempo, una pareja de rurales es capaz de recorrer medio Texas.
–No digas barbaridades.
–Quizá sea una barbaridad, pero yo creo que deberíamos partir cuanto antes. Lo extraño es que en estos dos días ellos no hayan llegado ya aquí.
–Ya les dije que no vendrán –musitó Wanda, retirando lentamente su mano de la de O’Rourke–. Nunca vienen. Cuando buscan a alguien lo hacen por otros sitios, porque saben que si alguien quiere escapar a México lo hará por pasos mejores que Valle Salazar.
–Pues sí que estamos de suerte –refunfuñó Corbett–. ¡Hasta para eso somos tontos! Si hubiésemos escogido otro camino, ya estaríamos en México.
–Quizá no –dijo Wanda–. Por otro camino, los rurales los habrían buscado. Por éste, no.
Phileas Corbett estuvo unos segundos mirando a Wanda, con el ceño fruncido. Aparentemente, la mirada era hostil, pero Pete O’Rourke conocía muy bien a su amigo, y, por sorpresa, experimentó hacia él un sentimiento de dolor, de pena. La revelación fue brusca, en verdad sorprendente, pero diáfana para Pete O’Rourke: Phil Corbett se había enamorado de Wanda.
–Tomaremos una decisión mañana, Phil –murmuró O’Rourke–. ¿Te parece bien?
–De acuerdo, Pete. –Corbett vaciló–. Escucha… Es posible que Ja Ja y Manolón no quieran venir con nosotros.
–¿Por qué?
–Están enamorados…, o algo así. Están todo el día besándose con esas mexicanas… Manolón ha metido en un puño a las mulas de la viuda, y en estos dos días ha labrado la mitad de sus campos. Ja Ja corta leña, arregla el corral y la casa, le ayuda en todo… Ellos parecen estar muy bien en Valle Salazar.
–Cualquiera estaría bien aquí, Phil.
–Cualquiera que no lleve detrás a los rurales. Por nuestra parte…
Phil Corbett dejó de hablar para soltar un respingo cuando el primer tañido, fortísimo, pareció taladrarle los tímpanos. Su sobresalto fue tal que se encontró de pronto con la mano sobre el revólver. Pete O’Rourke se puso en pie velozmente, y también su mirada fue un instante hacia el arma que había dejado en la cama. Los ojos de ambos giraron en todas direcciones, con expresión alarmada, mientras la campana de Valle Salazar seguía lanzando a todos los vientos su fuerte tañido:
Tantan, talantán, tantan, talantán… ¡Tantan, Talantan. Tantan…\
Corbett tuvo que gritar para hacerse oír.
–¿Qué demonios pasa ahora? –gritó.
–Están llamando al cura –dijo Wanda, sosegadamente. .
–¡Ya sé eso!… Pero ¿para qué? ¿Para qué queremos ahora un cura en este pueblo? ¿Quién demonios será el que…?
Por la calle, en la placita, empezaron a oírse gritos de chiquillos corriendo de un lado para otro. Gritaban algo, pero todavía tardaron unos segundos en comprender sus palabras, por entre los cada vez más fuertes tañidos de la campana de Valle Salazar.
–¡Manolón y Ja Ja están llamando al padre para casarse! ¡Venid todos! ¡Manolón y Ja Ja están tocando a la vez la campana, para que venga el padre a casarlos! ¡Corred, vamos a verlos…!
Tantan, talantán. tantan, talantán…
–¿Están locos? –gritó Corbett–. ¡No podemos llevar mujeres con nosotros…!
–Quizás ellos quieran quedarse, Phil –dijo O’Rourke.
Se imaginó a Ja Ja y a Manolón asidos a la cuerda, riendo los dos, tirando con todas sus fuerzas…, y sonrió. Wanda vio su sonrisa, y también ella sonrió. O’Rourke la tomó por los hombros y la atrajo suavemente.
–Si tú quieres, yo también me quedo –susurró.
Posiblemente ella no oyó bien sus palabras, pero sí las intuyó; o quizá las sintió dentro, repicando en su corazón, con más fuerza que aquella campana. Cerró los ojos, y asintió con la cabeza. Pete O’Rourke la estrechó contra su vendado pecho, y cuando ella alzó los labios temblorosos, él los apaciguó, besándolos suavemente.
Tantan, talantán, tantan, talantán…
* * * *
Tantan, talantán, tantan, talantán…
El sonido de la campana se fue extendiendo en muchas millas a la redonda, como rebotando por los valles, de montaña en montaña, de árbol en árbol…, hasta llegar a aquel grupo de secos robles que proporcionaban una aceptable sombra a la partida de nueve hombres que descansaban de una evidente larga cabalgada. Sucios, barbudos, los torvos rostros crispados por el cansancio y el calor… Estaban tumbados, como dormidos, pero en menos de un segundo los nueve se habían sentado y cambiaron miradas unos con otros.
Tantan, talantán, tantan, talantán…
–¿Qué es eso? –masculló uno de ellos.
–No sé –replicó otro.
–Parece… una campana –dijo un tercero.
Hubo unos segundos de silencio, que todos dedicaron a escuchar con toda atención el “tantan, talantán”.
Por fin, uno comenté:
–A lo mejor, estamos más cerca de México de lo que pensamos. Ésa debe de ser la campana de una iglesia.
–En Texas también hay iglesias –gruñó otro.
–Pero… ¿y si estuviésemos a cinco o seis millas de México? Deberíamos seguir camino ahora mismo, sin perder ni un segundo… ¿Qué dices tú, Joe?
Todas las miradas fueron hacia Joe Kirkpatrik, que no había hecho hasta entonces el menor comentario. Era un sujeto alto, fuerte, de cabellos y barba rojos, ojos verdosos y pequeños, expresión cruel y astuta. Llevaba dos revólveres, y en ambas culatas se veía una buena cantidad de muescas… En lugar de responder en seguida, Joe Kirkpatrik miró hacia donde el sol caía con la fuerza de cien mil demonios rabiosos, bañándolo todo en color oro y enrojeciendo las artemisas. Desde luego, ponerse a cabalgar bajo aquel sol era una locura.
Sobre todo con aquellos caballos, que reponían sus escasas fuerzas a la sombra, de pie, todavía cubiertos de sudor y polvo…
Seguramente, Joe Kirkpatrik pensó más en los caballos que en los hombres cuando dijo:
–Necesitamos encontrar agua y buena sombra. Y yo creo que esa iglesia no puede estar muy lejos. Si hay iglesia, hay gente… Y si hay gente, hay agua. Descansaremos un rato más, y luego echaremos un vistazo… ¡A ver si este maldito sol afloja un poco!

4


El sol comenzaba a caer dulcemente por encima de las montañas de la parte izquierda de Valle Salazar, proporcionando una fresca sombra vespertina a todo el valle, cuyos habitantes se habían congregado, en su totalidad, en el porche y delante de la casa de la viuda Martínez. Todo eran risas, y el tequila corría alegremente entre los hombres, que de cuando en cuando soltaban un bromazo:
–¡Manolón, vaya bocado! –decía uno.
–¡Más que bocado, es toda una comida! –decía otro–. ¡Un banquete!
Volvían a reír todos, mientras la viuda Martínez se sofocaba y miraba de reojo a Manolón, que la tenía abrazada por la cintura con un brazo, sostenía en la otra una botella de tequila, y cantaba con fortísima voz, acompañando a Ja Ja, que tocaba su guitarra, ante la riente admiración de Rosita, que se había sentado a sus pies, embelesada:
¡Aaay, corazón, me tienes enamorado,
Me tienes enamorado, corazón.
así que ya estoy cazado…!
Se oyeron más risas, se lanzaron , se hizo correr de nuevo la tequila. Los niños, a un lado, contemplaban con los ojos muy abiertos la alegría de los mayores. Juan, José, Jacinto, Jesús, Jerónimo, Jaime y Joaquín, agrupados, contemplaban entusiasmados a su futuro padre, tan alto, tan grande, tan fuerte.
¡Y además tenía una pistola, y sabía cantar! ¡Vaya si cantaba bien!
Sentados en sendas sillas a la sombra del porche, Wanda y O’Rourke contemplaban la fiesta sonrientes tomados de la mano, en silencio ambos. De cuando en cuando se miraban, y eso era todo… Estaban esperando el momento… Cuando la fiesta estuviese en su punto máximo, ellos también irían a tocar la campana dando así la sorpresa a todos… Excepto a Phil Corbett, que permanecía de pie en un extremo del porche abrazado a un poste, sombría la expresión.
O’Rourke le dirigía frecuentes miradas, pero ni una sola vez el viejo compañero las aceptó. Hermético, sombrío, fijaba obsesivamente su mirada a lo lejos, sumido en sus pensamientos… Pete O’Rourke sabía cuáles eran estos pensamientos, pero… ¿qué podía hacer? Había encontrado a Wanda y, con ella, todo lo que quería tener. Y Wanda, por fin, gracias a él, empezaba a olvidar cosas terribles…
Seguramente, cuando le dijese a Phil que él pensaba quedarse en Valle Salazar, Phil se iría. Y se iría solo…
Después de años y años de correrías juntos, de buena amistad, Phil se iría, porque no querría estar cerca de Wanda…
¡Y cuando te veo a mi lado, corazón,
tan bella y engalanada…,
sé que eres mi amada!
Más risas, silbidos, gritos. Y más tequila. Seguramente en aquella fiesta se iban a terminar las reservas de tequila del finado Ramón…, que en paz descanse.
–¡Yo, yo, yo…! –gritaba Ja Ja–. ¡Ahora voy a cantar yo solo un desafío para Manolón! ¡Atención!…
Wanda apretó suavemente la mano de O’Rourke y éste la miró sonriendo. Vio la mirada de ella, tensa, fija en un punto; miró hacia allí y vio a Phil Corbett acercándose a Manolón y Ja Ja, un poco demudado el rostro. ¿Qué le ocurría? Se abría paso rudamente, pero nadie protestaba…
En pocos segundos, Corbett llegó ante Ja Ja, que estaba templando la guitarra mientras meditaba en los amistosos insultos que dirigiría a su gigantesco amigo… Phil Corbett alzó un pie, y lo puso sobre la mano de Ja Ja, sobre la guitarra…
Se hizo un silencio terrible, de pronto.
Ja Ja alzó la mirada, iracundo, y la fijó en Corbett. Manolón, fruncido el ceño, también miraba a su compañero. Éste, por toda explicación a su incomprensible actitud, aceptó ambas miradas, y entonces, con la barbilla, señaló hacia el norte.
Absolutamente todos miraron hacia allá. Pete O’Rourke notó el sobresalto en la mano de Wanda y lo comprendió perfectamente… En un instante todo se venía abajo. En un segundo el risueño panorama había quedado destrozado… por aquella nube de polvo que se veía a lo lejos, descendiendo hacia el fondo del valle…
–Por lo menos son ocho o diez –dijo Manolón, con voz ronca.
–Todo un pelotón de rurales –añadió Ja Ja con voz no menos ronca.
Wanda estuvo a punto de decir que quizá no fuesen rurales, pero optó por callarse. Ya les había fallado una vez: les había dicho que allí nunca iba nadie, y ahora, de pronto, se acercaban ocho o diez jinetes…
–Todavía tardarán cinco minutos en llegar –musitó Corbett–. Tenemos tiempo de ensillar los caballos… Los de ellos tienen que estar muy cansados: jamás nos alcanzarán antes de llegar a México. Pero hemos de darnos prisa. –Se dirigió a la puerta de la casa de la viuda Martínez, para llegar por allí al corral, donde tenían sus caballos; pero se detuvo en seco, porque ninguno de sus amigos se había movido–. ¿Qué os pasa? ¡Vamos!
Manolón también estaba un poco pálido, y hasta parecía que su gran bigote se iba marchitando por segundos. Pero miró a Carmen, tragó saliva y movió negativamente la cabeza.
–Yo me quedo, Phil.
–Yo también –dijo enseguida Ja Ja.
–¿Estáis locos? ¡Todavía estamos a tiempo! Podemos escapar por el corral, y bajar por el arroyo… No verán polvo, no sabrán que cuatro jinetes están marchando de aquí… Pete, convénceles.
–Yo también me quedo, Phileas –susurró O’Rourke.
–¿Queréis que os ahorquen?
Wanda soltó un gemido y bajó la cabeza. O’Rourke la abrazó contra su pecho, comprendiendo los terribles recuerdos que aquellas palabras reavivaban en la muchacha.
–¿Ahorcarnos por cuatro tonterías? –negó O’Rourke con la cabeza–. No lo creo, Phil. Nosotros sabemos muy bien que sólo somos unos desgraciados… No hemos asesinado a nadie. Sólo hemos hecho pequeñas fechorías, y el intento de asalto a una diligencia… Pequeñas tonterías. Yo voy a entregarme.
–¡Estás loco, Pete!
–Sólo estaré un año o dos en un penal. Luego, volveré a Valle Salazar. Si me fuese, tendría que llevarme a Wanda conmigo… Y no puedo hacer eso.
–Será mejor que te vayas, Phileas –dijo Manolón, sonriendo–. Tú puedes hacerlo, compañero. Buena suerte.
–Pero es una locura… Si fuese para apoyaros en algo me quedaría, lo sabéis, pero para entregarnos…
–Sabemos que podemos contar contigo –sonrió O’Rourke–…, pero no estás obligado a esto, Phileas. De verdad, buena suerte.
Phil Corbett parpadeó. Miró a sus amigos de uno en uno, lentamente. ¿Cuánto tiempo llevaban juntos? Años. Años y años… Ya no recordaba cuántos. Por ellos, por cualquiera de ellos, Phileas Corbett estaba dispuesto a dar la vida, si era preciso. Pero… ¿por qué entregarse?
Ésa era una decisión de ellos, sólo de ellos. Si le hubiesen dicho que iban a sacar los revólveres se habría quedado hasta el fin. Pero… ¿ir varios años a la cárcel? Aunque sólo fuesen uno o dos… ¡Un año entre rejas!
Tragó saliva y dijo:
–Adiós, compañeros.
Ninguno de los tres contestó. Pero le miraban afablemente, cariñosamente. Le comprendían, y no le reprochaban nada. Ja Ja sonrió y le guiñó un ojo. Manolón también sonreía. Pete le contemplaba con aquella sonrisa tan extraña, que siempre había tenido un poco sorprendido a Corbett: una sonrisa que, más que en el rostro, parecía estar dentro de su amigo, muy dentro: aquella sonrisa que Pete esgrimía tan pocas veces pero que, cuando lo hacía, era suficiente para ganarse la simpatía y el afecto de cualquiera… Seguramente, Wanda había sabido encontrar aquella sonrisa y su significado inalcanzable para Phil Corbett…
Éste dio media vuelta, de pronto. Entró en la casa y todos quedaron afuera en silencio, oyendo el rumor de sus movimientos. Su caballo piafó, una sola vez, seguramente cuando le puso la silla… Después oyeron los cascos del caballo, pero sólo unos segundos. Salió por la doble puerta del corral, fue hacia el arroyo y se alejaba, se alejaba, se alejaba… sin dejar huella alguna. Los rurales no podrían seguirle, no tendrían el menor indicio. Y, ciertamente, no serían Ja Ja, Manolón o Pete quienes le delatasen.
–Hagamos las cosas bien –dijo O’Rourke, poniéndose en pie.
Se quitó el cinto con el revólver y lo colgó de un clavo en uno de los postes del porche. Manolón le tendió el suyo, y Ja Ja le lanzó el cuchillo sonriendo, sin que O’Rourke se inmutase al oírlo silbar junto a su rostro antes de clavarse junto a los revólveres.
–En cierto modo –comentó O’Rourke, sonriente– esos rurales se han librado de una buena, me parece a mí. ¿Les entregamos también los rifles?
–Están colgados en el corral, con los demás –dijo Manolón–. ¡Qué carajos, que los tomen ellos!
Se oyeron algunas risas, evidentemente nerviosas. Algunos de los pacíficos habitantes de Valle Salazar comenzaron a marchar, pero Ja Ja produjo un acorde con su guitarra.
–¿No sigue la fiesta, cuates? ¿Nadie quiere oír lo que tengo que cantarles a Manolón y a doña Carmencita?
–Déjales, Ja Ja –murmuró O’Rourke–; es mejor que se marchen, por el momento. Nunca se sabe.
–Vosotros –señaló Manolón a sus siete futuros hijos–, entrad en la casa ahorita mismo. Y sería mejor que las mujeres también se…
–Yo me quedo –dijo Wanda.
Rosita y Carmen no dijeron nada, pero tampoco hacía falta que hablasen; su actitud no podía ser más clara. Todos los demás, desaparecieron en pocos segundos.
–Pos allá va –dijo Ja Ja, rasgueando de nuevo la guitarra–. Ya verás como se ríen hasta los rurales, Manolón. Mírales: están tan cerquita ya que podrán oír…
–No son rurales –dijo O’Rourke.
–¿Qué?
La partida de hombres había entrado ya en el pueblecito, y todos llevaban el rifle en una mano, mientras miraban a todos lados. Se dirigían directamente al pozo, y ya todos iban mirando hacia el porche de la casa de la viuda Martínez.
Inconscientemente, O’Rourke había mirado los pechos de aquellos hombres, esperando ver la brillante estrella metálica… Pero ninguno la llevaba. Además, eran nueve… ¿Nueve rurales para cuatro desgraciados como ellos?
–No son rurales –repitió roncamente–. No llevan placa. ¡No os mováis!
Había entrevisto el movimiento de Ja Ja y Manolón hacia sus armas, pero ya no podían hacer nada. Si intentaban tocarlas, los rifles de aquellos hombres cubrirían de plomo el porche. Y el plomo no sabe si rasga carne de hombre o de mujer… Los dos mexicanos se dieron cuenta de la estúpida y peligrosa situación en que se habían colocado, pero también comprendieron que Pete tenía razón: ya no se podía hacer nada… A menos, que quisieran morir los tres con las tres mujeres.
Los jinetes se habían detenido ya, rodeando el pozo. Estaban a menos de veinte metros, y parecían no reparar en la presencia de las únicas seis personas que se veían en el pueblo. Pero, naturalmente, los habían visto y los tenían bien controlados. Dos de los jinetes desmontaron y uno de ellos comenzó a tirar de la cuerda que amarraba el cubo. Comenzó a tirar, y se oyó el suave chirrido de la polea, un poco oxidada. Eso era todo. Cuando el cubo estuvo fuera, rebosante de agua fresca, el jinete más corpulento, pelirrojo, barbudo, sucio, de ojos verdes y pequeños, bebió. Luego, uno a uno, fueron bebiendo los demás hombres, siempre en silencio, siempre mirando a todos lados. Cuando hubieron bebido todos, el pelirrojo barbudo hizo un gesto que fue fácilmente interpretado: ahora debían beber los caballos.
Dos hombres se quedaron junto al pozo, para ir sacando agua. Los demás, tras desmontar, se acercaron al porche. El pelirrojo hizo otra seña, y uno de sus compañeros se hizo cargo del cuchillo de Ja Ja y de los revólveres de O’Rourke y Manolón.
Ante ellos, con las manos en la cintura por encima de las culatas de sus revólveres, el pelirrojo, casi tan gigantesco como Manuel Chávez, les contemplaba atentamente con curiosidad, con sorpresa incluso en sus verdosos ojos crueles…, en los cuales apareció un chispazo al posarlos en Wanda.
Luego, por instinto, su mirada quedó fija en Pete O’Rourke, y su pulgar señaló hacia atrás.
–¿Qué pasa con esas pistolas? –preguntó amablemente.
–Sólo las usamos contra algunos indios… o conejos. Las ponemos ahí siempre que llegan forasteros, para que sepan que somos gente de paz.
El pelirrojo entornó los ojos, sonriendo divertido, casi sarcástico.
–Es una buena táctica –aprobó–. ¿Qué lugar es éste?
–Considérense bien venidos a Valle Salazar.
–Muy amable… ¿Valle Salazar? Nunca he oído antes ese nombre…
–Pues ya ve que el lugar existe.
–Sí, lo veo. ¿Estamos en México?
–No. La frontera está a cuarenta millas al sur.
–¡Cuarenta millas!… ¿Pretende tomarme el pelo? ¡Tenemos que estar mucho más cerca!
–No. Se han metido en Valle Salazar, que forma una curva dentro de la frontera de México. Cuarenta millas, ni una menos. Por eso nadie que quiera ir a México pasa nunca por aquí. Es un pueblo pequeño, pobre y aburrido.
El pelirrojo se rascó la barba del cuello, que debía de picarle como un millón de escorpiones.
–Eso parece… Pequeño y pobre, pero no aburrido. ¿No estaban tocando la guitarra?
–Sí. Dábamos una pequeña fiesta.
El pelirrojo asintió. Miró las botellas de tequila mediadas, distribuidas por el porche. Tomó una de ellas, bebió un corto trago, y contempló inexpresivamente a sus hombres mientras se apoderaban de las demás. Sus ojillos, girando, terminaron el recorrido en el campanario de la iglesia, casi derruida.
–¿Ustedes tocaron esa campana?
–Sí.
–¿Por qué? Esos toques nos llamaron la atención, y nos han desviado de nuestra ruta hacia la frontera… ¿Por qué demonios tenían que tocar la campana?
–Para que viniera el padre Anselmo. Es un cura que está en México. Cuando le necesitamos tocamos la campana, y siempre la oye alguien, lejos, que le lleva la noticia al padre Anselmo. Entonces él viene a toda prisa. Supongo que estará aquí mañana temprano.
–Ya. ¿Y para qué quieren a ese tipo?
–Para que nos case a mis amigos y a mí.
El pelirrojo frunció el ceño.
–Ellos son greasers, pero usted es yanqui, ¿no?
–Tejano.
–¿Y se va a dejar casar por un cura mexicano?
–¿Qué más da?
El pelirrojo sonrió ahora, fijando su mirada en Wanda, que bajó la mirada velozmente.
–Claro… ¿Qué más da? Además, por lo que veo, vale la pena la boda, los case quien los case. ¿Verdad, muchachos?
Hubo algunas risitas maliciosas… De pronto, el pelirrojo sacó el revólver derecho, a una velocidad que dejó pálidos a los dos mexicanos y a O’Rourke. La verdosa mirada se clavó en la puerta de la casa.
–Salga de ahí quien sea –deslizó fríamente–. ¡Salga!
O’Rourke iba de nuevo a hablar, para explicar la situación, pero apareció Juan. Luego, José. Luego, Jacinto… Así, hasta los siete hijos de la viuda, que se quedaron como siempre, formando escala, mirando con curiosidad al grupo de forasteros. Hubo de nuevo algunas risitas.
–Buena camada de pequeños grasientos –dijo el pelirrojo–. ¿De quién son?
–Son los hijos de mi novia –dijo Manolón.
Primero pareció que los nueve hombres no entendían aquello. De pronto, uno de ellos empezó a reír, y los demás le imitaron… El pitorreo fue tal que Manuel Chávez enrojeció un instante y luego quedó pálido… Quizá se habría levantado si Ja Ja, sentado junto a él, no le hubiese sujetado fuertemente por una manga.
–¡Pues vaya novia, greaser! Es muy despabilada, ¿no? ¡Se presenta a la boda con mucho trabajo ya hecho!
Todos volvieron a reír. Manolón ya no podía estar más pálido; era como si jamás hubiese estado tan bronceado por el sol que a veces parecía mestizo. O’Rourke también se había puesto a su lado, apoyando una mano, con discreta fuerza, en el hombro derecho del gigantesco mexicano.
–Ella es viuda, amigos –explicó–. Por lo tanto, tiene derecho a tener hijos.
–¡Seguro! –rió el pelirrojo–. ¡Pero… siete…! –De nuevo rieron todos, hasta que de pronto señaló a Wanda–. ¿Y ésta? ¿También es viuda?
–Sí.
–¿Y cuántos hijos tiene?
–Tuvo uno.
–¿Y la fea?
–Ésa es soltera.
–¡Ya será menos! ¡Vamos, lo que quiero decir es que…! ¿Eh? ¡Ya comprenden! ¿A que ella ya ha…? ¿Eh? ¡A que sí!
El pelirrojo y sus amigos volvieron a reír. Pete O’Rourke también estaba pálido. Y Ja Ja. La situación estaba adquiriendo muy mal cariz. Muy malo.
Cuando dejaron de reír, el pelirrojo dijo:
–Supongo que habrá algo de comer en este lugar.
–Algo habrá –dijo O’Rourke, con voz velada.
–¿Y hombres armados? ¿Hay más hombres armados?
–No.
–Bien… Será mejor que no nos engañe, amigo. ¿Hay hotel, o lo que sea, por aquí?
–No, no hay nada. Sólo casas. Sólo lo que usted ve.
–¿Dónde podremos comer, entonces?… Y que sea pronto.
–Yo… yo les pu-puedo hacer… comida –tartamudeó la viuda Martínez.
–Pues mueve tus grasas, cerda. ¡Ya!
Carmen comenzó a ponerse en pie, ayudada por Manolón, que apretaba tanto su brazo que le hacía daño. Pero la viuda no dijo nada.
–¿Sabes? –dijo el pelirrojo–. De pie no se te ve tan grasienta. Eres una vaca, eso es todo.
Hubo más risas entre sus hombres. Manolón cerró los ojos y se mordió los labios. Notó el leve empujón en la espalda y, como muy lejana, oyó la voz de Pete
–Será mejor que la ayudes. Manolón. Y tú también, Rosita…
–Soy yo quien dice lo que cada uno tiene que hacer –cortó secamente el pelirrojo–. Así que nadie se mueva hasta que yo lo diga. ¿Está claro?
No hubo respuesta. Asintió con la cabeza, complacido, y entró en la casa, detrás de Carmen y sus hijos. Manolón intentó dar un paso, pero O’Rourke le sujetó por el cinturón. Nadie se movió… Un minuto después el pelirrojo salió de la casa y miró a sus hombres, mostrando los tres rifles que había encontrado.
–Hay un corral bastante grande ahí detrás. Meted los caballos y dadles grano; llevadles también mucha agua. Tú, Glendale, sube a ese campanario y quédate allí hasta que te releven. Ya sabes.
–¿Y cuándo comeré algo? Llevamos cinco días que…
–Te llevaremos comida. Tranquilo.
–Está bien.
–Vosotros –señaló el pelirrojo a O’Rourke, Manolón y Ja Ja– seréis los que llevarán agua a los caballos. Buscad unos cubos y empezad ya.
–Los cubos están en el corral –dijo Pete.
–Pues id a buscarlos. Yo creo que no sois tontos del todo, así que ya sabéis lo que os conviene, ¿verdad?
–Sí… Lo sabemos.
Fueron a por los cubos de madera. Cuando salieron de nuevo al porche, tres de los forajidos estaban tirando de los caballos hacia el corral, por la doble puerta grande de al lado. El llamado Glendale se encaminaba hacia la iglesia. El pelirrojo se había sentado en una silla del porche y estaba liando un cigarrillo. Los demás se habían sentado en los escalones del porche y también se disponían a fumar… Valle Salazar, una vez más, había cerrado sus puertas y ventanas.
Los tres amigos miraron a Wanda y a Rosita, que continuaban sentadas, como petrificadas. Los forajidos parecían ignorarlas, pero Ja Ja, ya camino del pozo del centro de la plaza, susurró:
–Algo intentarán con ellas… Lo sé… ¡Y no vamos a permitir que…!
–Cálmate, Ja Ja –aconsejó O’Rourke–; nos las estamos viendo con la banda de Joe Kirkpatrik.
Los dos mexicanos no pudieron evitar un respingo y Manolón empezó:
–¡Ya sabía yo que esa cara…!
–Callaros.
Llegaron al pozo, y Manolón dejó colgar el gran cubo.
Ja Ja miró de reojo a O’Rourke.
–¿Estás seguro? ¿Seguro que son los de Kirkpatrik, Pete?
–Sí. ¿No lo has reconocido? Kirkpatrik es el pelirrojo… ¡No lo mires ahora!
–Sí, es él –dijo Manolón–. Se parece bastante a los pasquines, de verdad… Y son de la clase de gente que cuando se vayan de Valle Salazar no dejarán nada entero… ¡Nada!… ¡Maldita idea que tuvimos de tocar esa maldita campana!
–¿Cómo íbamos a saber lo que iba a pasar? –refunfuñó Ja Ja.
–No discutáis –aconsejó O’Rourke–; pensad en los veinte mil dólares y pico.
–¿Qué dices? ¿En qué veinte mil dólares?
–Los que robaron Kirkpatrik y su gente en un banco de Santone.
Ja Ja y Manolón quedaron sin aliento, y al segundo casi se le escapó la cuerda que sujetaba el cubo hacia el fondo del pozo.
–Virgen de Guadalupe –jadeó Pérez López–. ¡Es verdad! ¡Robaron más de veinte mil dólares en Santone! Pero ya no deben de tenerlos.
–Los tienen… –aseguró O’Rourke–. Los lleva Kirkpatrik en sus alforjas. ¿No lo entendéis? Hace cinco días que están huyendo, acorralados, hacia el sur. Dieron un golpe demasiado importante esta vez… Seguro que llevan detrás una jauría de rurales… Y no deben de estar muy lejos.
–¡Perra suerte la nuestra! ¡Tocamos una campana, y se nos echan encima esos tipos llevando detrás a los rurales! ¡Maldita sea mi estampa!
–Es la impaciencia del amor –deslizó socarronamente Manolón–. Hoy es jueves, ¿no? El padre Anselmo hubiese venido el domingo, de todas maneras, pero tú no quisiste esperar, querías casarte mañana mismo.
–¡Fuiste tú quien metió la prisa! –protestó Ja Ja–. ¡Yo sólo dije que la idea me parecía buena!
–Pues ha sido pésima –dijo O’Rourke–. Dejad de discutir y pensemos algo. Nos están mirando insistentemente… Habrá que pensar algo…
–¿Pensar? ¿Qué es lo que podemos pensar?
–Pues el modo de salir de ésta, ¿no? –gruñó Manolón–. Pareces de verdad idiota, Ja Ja.
–¿Y cómo vamos a salir de ésta, gordo listo?
–Pensando–insistió O’Rourke–. Y pensando bien. Son nueve hombres más peligrosos que nosotros, v tienen veinte mil dólares… ¿Qué os parece? Si fuésemos listos les liquidaríamos a todos, con lo cual haríamos un bien al mundo entero, y nos largaríamos a México con los veinte mil dólares. Sólo hay que pensar.
–Y tener armas –replicó Ja Ja, zumbón.
–Son nueve. Pete –susurró Manolón–… Nueve tipos peligrosos armados hasta los dientes. No podremos hacer nada… ¿A ti se te ocurre algo?
–Por ahora, sólo una cosa: no provocarles en lo más mínimo. Si lo hacemos, nos matarán. Si somos dóciles, podremos seguir viviendo y pensando. Algo se nos ocurrirá.


5


Para después de la cena, ya anochecido, lo único que sabían los tres amigos eran los nombres de todos los componentes de la banda: el jefe, Joe Kirkpatrik; el que estaba vigilando en el campanario, Glendale; los otros siete eran Smith, Ballard, Doverman, Boes, Pellman, Vanish y Martin.
Naturalmente, sólo los nueve forajidos habían cenado. Los demás, incluidos los niños, se habían tenido que conformar con mirar, siempre en silencio. A Pete casi le dolía la cabeza de tanto pensar, pero, desdichadamente, aún no había encontrado solución a su problema. Un problema grave, muy grave, porque, sin excepción, los forajidos habían estado dirigiendo frecuentes miradas a Rosita, Carmen y Wanda. Unas miradas que no precisaban de grandes explicaciones, ciertamente…
–Cocinas muy bien, vieja vaca –comentó festivamente Joe Kirkpatrik–. No me extraña que estés tan gorda. Y ahora, prepara café… Mucho café.
–No tengo café, señor –casi gimió la viuda.
–¿No tienes café?
–No, señor.
–¿Por qué no?
–Nadie en mi casa toma café, señor.
La lógica era aplastante, pero Kirkpatrik se disgustó.
Soltó un gruñido y miró a uno de sus hombres.
–Boes, ve a buscar el café que nos queda.
–¿Traigo también las alforjas?
–¿Para qué? –se frunció el ceño de Kirkpatrik.
–Podríamos aprovechar esta tranquilidad para repartir, Joe.
–Ya hablamos de eso, y convinimos en que repartiríamos en México, ¿no es así?
–Bueno… Estamos casi en México…
–Casi. Sólo casi. Mi idea fue aceptada por todos. Repartiremos al cruzar la frontera. Así, si en el camino cae alguno de nosotros, los demás nos repartiremos su parte; al que caiga no le serviría de nada, ¿verdad? ¿Le serviría de algo llevar ya el dinero en su bolsillo?
–No, pero…
–Todo está dicho. Deja las alforjas donde están, trae sólo el café… Y los naipes. Tengo pensado cómo vamos a pasar la noche, y serán los naipes quienes decidan.
–Entiendo –sonrió Boes, mirando a las mujeres.
Los demás también sonrieron, porque a su vez habían entendido perfectamente. Todos allí habían entendido perfectamente, sobre todo las mujeres. Los únicos que no entendieron nada fueron los niños, que seguían agrupados en un rincón. Joaquín y Jaime, los dos pequeños, se habían quedado dormidos tumbados en el suelo; los demás, con ojos dilatados, parecían hipnotizados en la contemplación de aquel grupo de fieras.
Boes fue al corral, y Kirkpatrik miró a otro de los hombres.
–Smith, ve a buscar a Glendale. Dile que baje a beber algo y a probar su suerte…
–¿Y si llega alguien?
–No. Si nos siguen de cerca estarán descansando ahora. No es lugar éste para cabalgar de noche. Podemos estar aquí tranquilos hasta el amanecer… Así tendremos tiempo para todo… –sonrió maliciosamente–. Hasta de descansar… Y a mediodía, estaremos al otro lado de la frontera.
Smith asintió con la cabeza y salió de la casa, rifle en mano, mirando cautelosamente a todas partes. Se acercó a la semidormida iglesia y llamó, mirando hacia arriba:
–¡Glendale!
–¿Qué hay?
–¡Ven a la casa! ¡Vamos a hacer turno para esta noche, y a jugarnos las mujeres!
Se oyó la risita de Glendale, que se apresuró a bajar. Cuando ambos entraron en la casa, la viuda estaba ya preparando el café que Boes le había proporcionado.
Alrededor de la mesa estaban sentados los otros siete forajidos, y Kirkpatrik barajaba ya un mugriento mazo de naipes. Los miró y sonrió.
–Hemos pensado hacerlo a la carta más alta –dijo–. Cada carta más alta, va escogiendo posiciones para esta noche. ¿Estáis de acuerdo?
–Claro, Joe –asintió Glendale–. ¿No queda más tequila por aquí?
–Hay ahí un pequeño armario que parece mágico –rió Ballard–. ¡Las botellas de tequila nunca se acaban!
Lo señaló, y Glendale fue hacia allá, lo abrió y tomó una botella. Manolón echó un vistazo al pequeño armario, y casi soltó un gruñido de disgusto, porque solamente quedaban ya tres botellas…
Glendale escupió el corcho, bebió un largo trago y suspiró:
–Buena comida la que me llevó Pellman, demonios. Y hasta me empieza a gustar el tequila… Oye, Joe: ¿tú participas en el sorteo?
Joe Kirkpatrik le dirigió una maligna mirada.
–Por supuesto que no. Sois vosotros ocho los que vais a jugaros los turnos… de todo. Yo tengo ya mi propio plan para esta noche. ¿Alguna objeción?
–No –masculló Glendale.
Tampoco los demás objetaron nada. No tenían la menor intención de pelearse con el avieso Kirkpatrik por una tontería. Kirkpatrik seguía barajando el mazo de cartas y finalmente lo dejó en el centro de la mesa
–Adelante, muchachos –sonrió–. A ver quién tiene más suerte.
Cada uno fue sacando su carta, en sucesivos cortes. Unos bufaban de disgusto, otros lanzaron exclamaciones de alegría. Y ya cada uno con su carta boca arriba en la mesa, ante él, se definieron las posiciones: Pellman iría al campanario, a vigilar, y Doverman y Smith se llevarían de la casa a los niños y a Pete, Ja Ja y Manolón; Boes, Vanish y Martin se quedarían en el corral, vigilando el dinero, y tendrían su segundo turno cuando los del primero, o sea, Joe Kirkpatrik, Ballard y Glendale hubieran terminado su diversión. Los del tercer turno en este sentido serían Pellman, Doverman y Smith, que serían relevados por los del primero. Así, todos contentos, tendrían aún tres horas por lo menos para descansar y, de madrugada, partirían hacia la frontera. Perfecto.
Pellman salió refunfuñando camino de la iglesia, tras tomar café. Boes, Vanish y Martin se fueron al corral, llevándose una botella de tequila. Kirkpatrik, Glendale y Ballard se quedaron mirando fijamente a las mujeres, mientras Doverman y Smith, de pésimo humor, se encaraban con los niños y los tres pálidos hombres.
–Venga, vosotros –farfulló Donovan–, afuera. Y será mejor que busquéis un sitio cómodo, pues vais a pasar allí la noche. ¿Conocéis alguno?
Pete O’Rourke asintió con la cabeza y se puso en pie, mirando de reojo a Wanda, cuya expresión de angustia era sobrecogedora. La fea y riente Rosita estaba sencillamente aterrada, sin duda porque había dejado libre su imaginación y comprendía perfectamente lo que iba a ocurrir… La viuda Martínez estaba pálida y sombría. Manolón y Ja Ja parecían clavados a las sillas por las posaderas.
–¡Venga! –gritó de mal talante Smith–. ¿Qué estáis esperando vosotros?
El primero en moverse fue Manolón. Se inclinó, tomó en sus brazos a Joaquín y a Jaime, y se dirigió hacia la puerta, mirando con desespero a O’Rourke, pidiéndole la idea salvadora… Pero en los ojos de Pete O’Rourke sólo encontró como un reflejo de su propio desespero.
Kirkpatrik había soltado una risita repugnante:
–Tomadlo con calma, Smith… Nosotros no pensamos apurar la velada…
Glendale y Ballard también rieron, agudamente, nerviosamente. Y Manolón se estremeció, camino de la puerta, a punto de detenerse. O’Rourke le empujó, sin que se dieran cuenta. Salieron al porche, a la oscuridad de la noche recién llegada. Había miles de estrellas en el cielo, y un delgado gajo de luna creciente por toda iluminación.
En Valle Salazar no había iluminación pública de gas keroseno, y los pocos quinqués particulares de petróleo que se encendían algunas noches permanecían ahora apagados. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas, no se veía un solo resquicio de luz por parte alguna.
–¡Asco de lugar! –barbotó Smith.
–Éstos nos llevarán a un sitio aceptable… Oye, será mejor que entres a buscar una botella, o nos vamos a morir de verdadero asco.
–Buena idea.
Smith entró en la casa de nuevo. Cuando salió, reía por lo bajo.
–¿Qué? –sonrió Doverman–. ¿Ya han empezado?
–No. Las están mirando, nada más.
–¡Pues vaya una manera de perder el tiempo! ¡Y nosotros tenemos el tercer turno!
Refunfuñando, empujaron con el rifle a O’Rourke y a Ja Ja. Pete, que estaba mirando hacia el campanario, observando la silueta de Pellman rifle en mano, obedeció dócilmente, pero Ja Ja tuvo un conato de furia que se disolvió enseguida cuando la punta del rifle de Doverman se colocó en su estómago.
–¿Qué, tienes prisa en morir, greaser?
O’Rourke se había vuelto y tomó del brazo a Ja Ja, tirando de él. Manolón caminaba hacia la casa de Wanda, cargado con los dos niños dormidos, y fueron tras él. Cuando llegaron al porche, Doverman soltó un gruñido.
–Quietos todos aquí.
Empujó la puerta, entró, y poco después se veía dentro el resplandor de un quinqué.
–¡Smith! –gritó–. ¡Hazlos entrar!
–Adentro –dijo Smith–. Y sin tonterías, porque si empiezo a apretar el gatillo, me quedo solo.
Doverman estaba en la pequeña salita donde Wanda debía de pasar normalmente sus horas muertas, leyendo. Había muchos libros sobre un viejo mueble, y Pete les dirigió una absorta mirada. ¡Libros! ¡Filosofías!… ¿Servían de algo en aquel momento los muchos libros que Wanda había leído? ¿Servían de algo sus filosofías sobre la vida, la gente y las cosas? Por un revólver él daría lo que fuese, en aquellos momentos…
–Sentaos todos allá, en el suelo, en aquel rincón. Y si queréis un buen consejo, dormid mucho y molestad poco… La cosa no está para bromas, os lo advierto… ¿Qué es eso?
–¿El qué? –se alertó Smith.
–No sé; me ha parecido oír afuera un…
Uluuúhúuu… uluuuhúuu… uluuuhúuu…, volvió a oírse en el exterior.
–Es un mochuelo –musitó Ja Ja.
–¡Lo que faltaba! ¡Maldita sea mi suerte!
Uluuuhúuu… uluuuhúuu… uluuuhúuu…, volvió a oírse.
–¿Puedo abrir la ventana? –pidió Ja Ja–. Hace mucho calor.
–¡Más calor tendrás adonde voy a…!
–Déjalo –masculló Doverman–. Tiene razón, aquí dentro hace un maldito calor… Abre la ventana, greaser. Y si quieres darnos un ratito de diversión, intenta salir por ella.
–Sólo quiero que los niños puedan dormir bien… –dijo mansamente Ja Ja–. Con este calor no podrían ni…
–¡Menos charla! ¡Abre esa ventana y ve a sentarte con los otros!
–Sí, señor.
Ja Ja fue a la ventana, que era de guillotina, y tiró hacia arriba. Se le atascó un instante, pero metió más las manos, agarró bien el borde, y entonces sí subió el marco con los cristales…
Smith dejó de observarle, para dirigir una indiferente mirada a Manolón y a O’Rourke. Frunció el ceño al observar que algo había cambiado en la expresión de éstos. Poca cosa… Ni siquiera sabía qué podía ser, pero algo había cambiado en la expresión de los dos hombres.
–¿De qué os reís vosotros? –graznó
–No nos reímos –sonrió Manolón, socarronamente.
–¡Pero estás sonriendo como un maldito idiota! ¿Algo te hace gracia?
–Me hace gracia tu cara color de mierda –dijo Manuel Chávez, siempre sonriente.
Un golpe de sangre que afluyó a su rostro cambió en Smith el feo color descrito por Manolón. Congestionado, el forajido se acercó, alzó el rifle y descargó un culatazo impresionante en plena cabeza del mexicano, derribándole hacia atrás.
Pero Manolón volvió a reír y le sacó su enorme lengua a Smith, mientras O’Rourke, también riendo, exclamaba:
–¡Es verdad! ¡Tu cara es de color mierda!
Smith parecía dispuesto a destrozar a golpes a Manolón, y Doverman se acercó a O’Rourke dispuesto también a divertirse. Por un instante, sólo por un instante, ambos olvidaron al diminuto y feísimo Ja
Y fue suficiente.
El refulgente cuchillo apareció en la diestra del pequeño mexicano, cortó el aire y se hundió fuertemente entre los omoplatos de Doverman, hasta la cruz. El forajido apenas pudo emitir un ahogado gemido y cayó de bruces, muerto, hacia O’Rourke, que se apresuró a tender las manos hacia el rifle.
Mientras tanto, siempre en una medida de tiempo brevísima, Smith se dio cuenta de que algo estaba sucediendo a su izquierda, y se volvió, comenzando a colocar el rifle cañón por delante.
Demasiado tarde.
El cuchillo que Ja Ja empuñaba, lleno de sangre, cortó el aire y se hundió, con sordo choque, de nuevo hasta la cruz, en la garganta de Smith, cortando de cuajo todo sonido que pudiera haber brotado de la boca del forajido, el cual, por la fuerza del impacto, salió despedido hacia atrás, soltando el rifle…, que fue a parar a las diligentes manos de Manuel Chávez, quien, como O’Rourke, ya estaba en pie.
–¡Chisttt! –ordenó Manolón a los niños, llevándose un dedo al bigotazo.
Pero la recomendación no era necesaria. Los cinco niños despiertos estaban tan asustados que les habría sido imposible emitir el menor sonido, el espanto los había dejado mudos. Desorbitados los ojos, contemplaron a Ja Ja recoger el cuchillo de la garganta de Smith, y acercarse luego a Doverman. asegurándose en ambos casos de que estaban muertos. Asintió con la cabeza, y entonces Manolón se llevó una mano a la boca, y ululó:
–¡Uluuuhúuu… uluuuhúuu… uluuuhúuu!…
Ja Ja estaba limpiando la sangre del cuchillo en las ropas de Doverman, y O’Rourke se había acercado a la ventana, mirando hacia el exterior y arriba por un lado, localizando enseguida el campanario.
–El tipo sigue ahí arriba, y no parece haberse enterado de nada –susurró.
–¿Está abierta la puerta? –preguntó Ja Ja.
–Sí, quedó abierta.
–Entonces, vendrá en seguida. –Ja Ja se metió el cuchillo entre el cinturón y la camisa, y se acercó a Manolón–. ¿Cómo está tu cabeza, gordo?
–Bien –sonrió Manolón, sorbiendo por un lado de la boca el chorro de sangre que le resbalaba desde la frente–. No es nada. Lo importante es que les distrajimos, Ja Ja.
–Lo hicisteis muy bien –sonrió el feísimo–. ¡Y estuvo colosal eso de la cara color de mierda! Límpiate con algo, hombre.
–Claro.
Manolón se pasó una manga por la cara y la cabeza, con el resultado de que todo el rostro quedó enrojecido por la sangre restregada. Ja Ja encogió los hombros y se inclinó a quitarles el cinto con el revólver a Doverman y a Smith.
–Pete –dijo, lanzándole el de Doverman; y luego a Manolón–: Manuel…
Los dos lo asieron al vuelo, dejaron el rifle sobre el floreado sofá y se ciñeron los cintos. Aún no habían terminado cuando afuera se oyeron unos ligeros silbiditos.
–Tranquilo –dijo O’Rourke.
Phileas Corbett apareció de pronto, silencioso como un gato, y entró en la casa. Al ver el ensangrentado rostro de Manolón respingó, pero el mexicano movió despectivamente una mano.
–No es nada, Phil. Sólo sangre.
Corbett asintió con la cabeza. Miró a Doverman y a Smith, y por último a Ja Ja.
–Te fue bien el cuchillo, ¿eh? –sonrió.
–Casi me corto al recogerlo del alféizar –sonrió también Ja Ja–. Pero te arriesgaste mucho al dejarme ese cuchillo en la ventana, Phil: hay uno de esos tipos en el campanario.
–Ya lo he visto. Pero sabía que él no podría verme a mí. Ni me ha visto entrar. ¿Qué está pasando exactamente?
–Ante todo, bien venido al nido, mochuelo –dijo Manolón.
Sonrieron los cuatro, y eso fue todo. Entre ellos sobraban las explicaciones. Phileas había vuelto junto a sus amigos. ¿Por qué? Sin duda alguna, para seguir con ellos hasta el fin, con rurales o sin rurales, con mujeres o sin mujeres… Pero si hubiesen hecho la pregunta respecto a por qué había vuelto, habría contestado «porque me ha dado la gana». Mejor no preguntarle.
O’Rourke le puso al corriente de lo que sucedía en menos de medio minuto, y Corbett palideció.
–Bueno, ahora que tenemos armas vamos a… –empezó Ja Ja.
–No –cortó O’Rourke–. Nada de atacar directamente, Ja Ja. Ellos tienen a las mujeres.
–¡Ya sé que las tienen! ¡Las están mirando como cerdos que son, y de un momento a otro las van a…! ¡No perdamos tiempo! ¡Vamos a acribillarlos!
–Las matarían, Ja Ja. Mi idea es mucho mejor, ya lo…
Un agudo grito femenino llegó nítidamente hasta la casa de Wanda, y resonó en todo el pueblo. A continuación, otro grito, y otro…
–Si no me gusta tu idea antes de un segundo, Pete –tembló la voz de Manolón–, esto va a terminar mal ahora mismo.
–No hay tiempo para explicaciones –se tensó también la voz de O’Rourke–. Phil, toma un rifle y colócate en un sitio desde el que puedas dispararle al hombre del campanario… ¡Pero no dispares antes de un minuto! ¿De acuerdo?
–Claro.
–Vosotros quedaos aquí –ordenó O’Rourke.
Ja Ja y Manolón no pudieron creer aquello.
–¿Que nosotros nos…?
–¡Sí! –estalló Pete–. ¡Que os quedéis aquí y que cuidéis a estos niños! ¡Si no sale bien como yo lo he pensado, será inútil todo lo demás que hagamos! ¡Vamos, Phil! Saldremos por atrás…


6


Wanda volvió a gritar, horrorizada, intentando con todas sus fuerzas apartar al gigante pelirrojo, pero era lo mismo que si hubiera pretendido desplazar una montaña con una mano. De nuevo los labios de Kirkpatrik cayeron sobre su cuello al esquivar ella el beso del forajido en la boca. Y nuevamente la furia de éste se patentizó en un zarpazo, que causó más destrozos en el vestido de la muchacha cuando ésta intentaba abandonar el solitario lecho del cuarto más grande de la casa de la viuda Martínez.
Consiguió su objetivo a costa de dejar otro gran jirón de sus ropas en manos de Kirkpatrik, que lanzó un rugido de furia, tendido de bruces, solitario, sobre la cama; pero saltó de ésta en pos de Wanda. Cayó encima de ella y jadeó:
–¡Aunque sea en el suelo…!
¡Bang…! ¡Bang…! ¡Bang…!
Resonaron fortísimos los tres disparos de rifle… Y todavía escuchándose sus ecos, otro sonido se oyó de inmediato, o mejor, simultáneamente:
Tantan, talantán, tantan…
Todo ello mezclado a la vez con un largo, rugiente grito de agonía que se quebró bruscamente.
Joe Kirkpatrik se puso en pie de un salto, y alcanzó el doble cinto con sus revólveres, aullando:
–¡Ballard, Glendale…! ¿Qué pasa?
Oyó pisadas precipitadas en el pasillo que unía las habitaciones de la casa de la viuda. Glendale y Ballard aparecieron en el cuarto, revólver en mano, desgreñados, sofocados.
–¡Joe! ¿Qué pasa? –gritó Glendale.
–¡Es lo que estoy preguntando! –vociferó Kirkpatrik.
–Quizá Doverman o Smith han disparado contra… –empezó Ballard.
–¡No! ¡Ha sonado la campana, así que han tenido que disparar contra Pellman, que estaba junto a ella! ¡Cuidado…!
En el pasillo se oían más pasos, precipitados… Pero no debían temer nada, porque en seguida oyeron la voz de Vanish, uno de los que habían quedado en el corral, vigilando el dinero y esperando el segundo turno:
–¡Joe! ¿Has oído eso?
Kirkpatrik dirigió una furiosa mirada a Wanda, que había tirado de una de las viejas mantas de la cama y se había envuelto en ella, acurrucándose en el rincón del dormitorio, contemplándoles con ojos desorbitados, temblando… Se oía el entrechocar de sus dientes y su rostro estaba lívido como el de un cadáver.
–Volveré a por ti enseguida –jadeó–. ¡Yo te enseñaré…!
Salió del cuarto, empujando a sus hombres. En el pasillo, los tres empuñando los rifles, dispuestos a todo, se encontró con Vanish, Boes y Martin.
–¿Qué ha pasado? –insistió el primero.
–¡No lo sé! Vamos a echar un vistazo por las ventanas… ¡Pero con mucho cuidado!
Fue el primero en llegar a una de ellas. Y el primero en ver, como una mancha más oscura, sobre el polvo, el retorcido cuerpo de Pellman, inconfundible a la luz de las estrellas y la luna.
–Ése es Pellman –susurró Glendale.
–¿Qué hacen Doverman y Smith? –se inquietó Vanish–. ¿Por qué no salen o nos gritan algo?
–Los que han disparado contra Pellman sólo pueden haber sido aquellos tres tipos –murmuró Kirkpatrik–. Eso quiere decir que han matado también a Smith y a Doverman.
–Pero estaban desarmados…
–¡Debimos matarlos enseguida! –barbotó Ballard–. ¡No me gustaron en ningún momento! Especialmente el tejano… ¡Era demasiado manso! Lo aceptaba todo, incluso cuando supo lo que iba a ocurrirle a su novia o lo que sea…
–Les vamos, a dar una buena lección –jadeó Kirkpatrick–. ¡Traed aquí a las mujeres! ¡Vamos!
Tres de los forajidos fueron a buscarlas, y las llevaron a empujones al comedor, que era también el vestíbulo de la casa. Las tres se habían envuelto en mantas, las tres estaban igualmente al borde del desmayo producido por el espanto de lo que había estado a punto de ocurrir. Aquellos disparos de rifle y las campanadas las habían salvado de unos momentos estremecedores.
–¡Poneos aquí! –ordenó Kirkpatrik–. ¡Delante de la ventana, las tres juntas! ¡Y nada de mantas! ¡Quiero que os vean bien!
Les arrancó brutalmente las mantas y las empujó hasta dejarlas, temblorosas, delante de la ventana, procurando por todos los medios ocultar lo que sus destrozadas ropas no ocultaban ya.
Kirkpatrik se colocó a un lado de la otra ventana.
–¡Hey, tejano! –gritó–. ¡Echa un vistazo a las ventanas! ¡Y dime qué ves!
Hizo una seña y Martin, a cubierto de posibles disparos, encendió uno de los quinqués, de modo que las siluetas de la tres mujeres, en su lastimoso estado de indumentaria, quedaron recortadas hacia el exterior…
–¡Tejano! –gritó de nuevo Kirkpatrik–. ¡Escucha esto! ¡O salís los tres ahora mismo al centro de la plaza o vamos a jugar con ellas y luego os enviaremos sus cabezas rodando hasta el pozo! ¡Tienes un minuto para contestarme!
Cuando terminó de gritar, el silencio volvió a reinar en Valle Salazar. Kirkpatrik hizo una seña a sus hombres y éstos se colocaron a los lados y detrás de las mujeres, apuntando sus armas hacia el centro de la placita que tenía un pozo adornado con flores
Durante unos segundos, pareció que el silencio se convertiría en eterno en Valle Salazar. Pero de pronto llegó hasta los forajidos la voz del tejano Pete O’Rourke:
–¡Kirkpatrik!
–¿Qué hay? –gritó éste.
–¡Vamos a hacerte un trato interesante! ¡Te compramos las mujeres por veinte mil dólares!
Por un instante, Kirkpatrik y sus hombres quedaron estupefactos. Luego, Kirkpatrik soltó una maldición y una risotada.
–¡Estás loco, tejano! ¡En tu vida has visto tanto dinero junto!
–¡Te equivocas! ¡Lo estoy viendo desde que os lo he quitado a vosotros!
Los seis forajidos que quedaban respingaron a la vez y se miraron unos a otros. Kirkpatrik fue el primero en reaccionar, echando a correr hacia el corral. Llegó allí como loco, se abalanzó hacia donde habían dejado las alforjas con el dinero robado en Santone… y en su lugar vio una horquilla para paja, clavada en el suelo.
Su rostro quedó blanco primero, y luego se distorsionó en una horrible mueca de furia. Miró hacia la doble puerta lateral del corral, pero estaba cerrada. Alzó la cabeza, y contempló la tapia…
La jugada de Pete O’Rourke, de pronto, fue comprendida por él: mientras todos acudían a la parte delantera de la casa para ver qué había ocurrido, él había saltado la tapia, había tomado las alforjas y había dejado en su lugar aquella horquilla.
Cuando reapareció ante sus hombres, éstos no tuvieron necesidad de preguntarle nada; bastaba ver el rostro de Joe Kirkpatrik para comprender que el tejano manso no estaba mintiendo.
–Lo tienen –jadeó Glendale–. ¡Nos han quitado el dinero del banco de Santone! ¡Y del modo más estúpido que…! –Se ahogó en su ira.
Kirkpatrik se pasó una mano por la áspera barba roja. Sus ojos verdosos, perversos, iban de las mujeres a la ventana, de la ventana a las mujeres…
–¡Hagamos el cambio! –gritó Martin–. ¿Qué nos importan estas tres malditas? ¡Que se queden con ellas y larguémonos ahora mismo con el dinero! Estamos a tiempo, y puesto que sólo somos seis, tocaremos a más.
–Eso es –asintió Kirkpatrik–. Nosotros somos seis. Y ellos sólo son tres. Tres asquerosos desgraciados que no van a burlarse de Joe Kirkpatrik.
–¿Qué estás pensando?
–Vamos a aceptar su trato, y luego los mataremos. ¡Los mataremos a todos, a todos los que se pongan ante nuestra vista, sean hombres, mujeres o niños!… ¡A todos! Pero esperad… Aún lo vamos a hacer mejor: yo voy a seguir, hablando con ese tejano, y mientras tanto, vosotros cinco saldréis por atrás, les localizaréis y los acribillaréis. Y siempre tendremos las de ganar, porque las mujeres van a quedarse aquí conmigo. Siempre les puedo amenazar con matarlas si algo va mal… ¿Qué os parece?
Vanish, Glendale, Martin, Boes y Ballard cambiaron una mirada vacilante. Por fin, Boes encogió los hombros.
–La idea parece buena, Joe. No tiene que ser difícil llegar hasta ellos, cribarlos a balazos y recuperar el dinero…
–¡Kirkpatrik!… –se oyó de nuevo la voz de Pete O’Rourke.
–¿Qué quieres ahora? –replicó el forajido.
–¿Te has convencido ya de que tenemos el dinero?
–¡Sí!
–¿Y qué contestas?
–¡Lo estoy pensando! Dame un par de minutos para hablar con mis hombres. –Mientras hablaba, Kirkpatrik señalaba hacia el corral y los cinco forajidos comenzaron a caminar hacia allí–. ¡No podemos fiarnos de vosotros tan fácilmente!
–¡De acuerdo! Pero te diré una cosa… El dinero está en el suelo, esparcido, y cerca tenemos un quinqué… ¡Si algo ocurre, lo quemaremos todo! Podréis matarnos, pero jamás recuperaríais ese dinero… ¡Piénsalo bien! Cualquier cosa que no nos guste, y prenderemos fuego a veinte mil dólares. Cuando llegaseis aquí, sólo encontraríais cenizas… ¿Está claro, Kirkpatrik?
Los cinco forajidos se habían detenido, como clavados de pronto sus pies al suelo. Kirkpatrik lanzó una de sus horrendas maldiciones, y su rostro mostró tal furor satánico que las tres mujeres reaccionaron por fin y comenzaron a retirarse hacia un rincón recogiendo las mantas, con las que volvieron a cubrirse… Pero ya no merecían la menor atención por parte de Kirkpatrik y sus amigos.
–¿Está claro, Kirkpatrik? –insistió Pete O’Rourke.
–¡Sí!
–¡De acuerdo! ¡Entonces, en lugar de estar gritando los dos, voy a hablar contigo cara a cara!


7


–¡Te espero! –llegó la voz de Joe Kirkpatrik.
Manolón, Corbett y Ja Ja habían respingado, y miraban incrédulamente a O’Rourke.
–¿Estás loco? –aulló Corbett–. ¡No habrás dicho en serio eso de ir allí!
–Completamente en serio –musitó O’Rourke–. No me harán nada. Si sólo tuviésemos como rehenes a algunos de ellos, no me atrevería a ir; es más, ellos ni me habrían hecho caso… Pero tenemos los veinte mil y pico de dólares que robaron en Santone, y eso es tener todas las de ganar. –Señaló el montón de billetes esparcidos por el suelo, junto a un quinqué–. Mientras tengamos el dinero, no se atreverán a intentar nada contra nosotros…
–Pero no tienes ninguna necesidad de ir allí –insistió Phil Corbett.
–Sí tengo necesidad, Phileas. Quiero ver a Wanda y a Carmen y a Rosita. Quiero estar seguro de que ellas están vivas y bien…
–¿Y si no lo están? –susurró Manolón.
Pete O’Rourke inclinó la cabeza, y su voz brotó ronca, espesa:
–Si no lo están, yo no sé qué haréis vosotros, pero yo empezare a disparar…
–¡Eso es un suicidio! –respingó Corbett.
Pete O’Rourke asintió con la cabeza, y se quedó mirando, con extraña sonrisa, el montón de billetes. ¡Más de veinte mil dólares! Con aquel dinero, cuatro hombres podían incluso establecerse en México con gran comodidad, y con un poco de suerte, ser mucho más ricos en poco tiempo.
Manolón podría tener un ranchito y llevarse allí a Carmen con sus siete hijos, y tener una docena más, si eso le complacía. Ja Ja podría hacer lo mismo, y comprar algunas vacas y caballos, y trabajar, mientras se pasaría la vida riendo con la fea pero simpática Rosita… ¡Eran tan feos los dos! Phileas podía quedarse con ellos, o marcharse con su parte, a su gusto.
En cuanto a él mismo, sólo tenía que comprar una casita cerca del rancho de Manolón o de Ja Ja, trabajar un poco con ellos para justificar un sueldo de vaquero, y el resto del tiempo dedicarlo a Wanda, a leer mucho en su compañía, a pensar muchas, muchas cosas… Con veinte mil dólares todo aquello lo tenían a su alcance.
–Phil –musitó de pronto–, el suicidio es vivir como vivimos nosotros. ¿Qué buscamos, qué queremos, qué esperamos? Por primera vez, en el pueblo más pequeño que jamás hemos visto, hemos encontrado cosas que nos gustan, vida que nos gusta… Es asombroso, pero así ha sido. Es como… como si Valle Salazar hubiese sido hecho exclusivamente para nosotros…
–Para vosotros tres –murmuró Corbett.
–Sí… Tienes razón. Pero tú también encontrarías aquí algo por lo que valiese la pena vivir, estoy seguro. Por mi parte, sólo quiero quedarme aquí, vivir como estas horas de hoy, antes de que llegasen esos hombres… Y lo mismo Manuel y Ja Ja. Sólo quiero eso… y matar a esos hombres, o que se vayan. Sólo eso.
–¿Y el dinero? –señaló Corbett.
–No lo quiero. Yo no lo quiero, Phil, ¿no lo entiendes? No quiero nada más que lo que Valle Salazar pueda darme. Sólo eso. Si tú quieres el dinero, llévatelo. Por mí puedes hacerlo. Y puedes llevártelo ahora mismo. Ellos piensan que somos tres solamente, así que si te vas, no sospecharán nada. Nos dejaremos ver los tres y creerán que el dinero sigue aquí…
–Para dejaros ahora, no hubiese vuelto –gruñó Phileas.
–Entonces, todo está dicho.
–¿Insistes en ir a hablar con Kirkpatrik?
–Sí. Los niños se han marchado de aquí, ya están a salvo, escondidos en cualquier casa o en el monte, hasta que amanezca o esos hombres mueran o se marchen… sin haber hecho daño a nadie. Pero si ya lo han hecho, moriremos algunos hombres esta noche. Yo no seré el primero, sino Kirkpatrik. Por lo menos, él. Luego –sonrió– seríais tres contra cinco, y eso ya no es desventaja para nosotros, ¿no?
–Déjame ir a mí –pidió Manolón–. Yo puedo…
–Lo que puedas hacer tú, lo sé hacer yo. Y mejor, porque soy más listo. –O’Rourke palmeó un hombro del mexicano–. Creo haberlo demostrado con lo del dinero, ¿verdad? Si te hubiésemos hecho caso a ti, todo habría terminado ya, todos estaríamos muertos… Y siempre hay tiempo para morir, Manuel, siempre. En cambio, para vivir… todo el tiempo es poco.
–¿Eso es una filosofía? –sonrió Manuel Chávez.
–Supongo que sí. Aunque no demasiado buena. Bien, adiós… Si regreso, es que todo va bien para ellas tres. Si oís disparos… es que todo habrá terminado.
* * * *
–Ahí viene –avisó Vanish, colocado a un lado de la ventana–. Y lleva revólver.
–No importa –dijo Kirkpatrik.
–Esos tejanos suelen ser de cuidado –recordó Glendale–. Y precisamente ése, que además ha sido tan listo que nos ha engañado con su carita de maldito hipócrita, ahora que lo pienso tiene cara de malas pulgas.
–No hará nada –aseguró Kirkpatrik–. No hará nada mientras comprenda que podemos matar a las tres mujeres. Y eso sucedería si él llegase dispuesto a pelear. Además… haría falta estar loco para venir aquí, solo, y disparar contra seis tipos como nosotros. Si tan listo es, no se llamará a engaño. No… Viene a hablar. Solamente a hablar.
–¡Kirkpatrick! –se oyó afuera–. ¿Puedo entrar?
–¡Pasa, tejano! –autorizó el forajido.
Se oyeron las pisadas en el porche, lentas, tranquilas. Sí, eran las pisadas tranquilas de un hombre tranquilo. Al menos exteriormente.
–Buenos nervios –sonrió Kirkpatrik.
Cuando Pete O’Rourke apareció en el umbral, había tres rifles y tres revólveres apuntándole. A un lado, el quinqué encendido para enviar afuera las siluetas de las mujeres. La luz daba de lleno en el rostro del tejano. Un rostro impenetrable, sosegado… Ni siquiera pestañeó al ver tantas armas apuntadas hacia él. Su mirada, fija, como helada, recorrió la estancia, hasta detenerse en las mujeres. Sólo entonces hubo una breve crispación en sus facciones. Muy breve,
Se acercó a ellas y se acuclilló ante las tres. Sus claros ojos fueron de una a otra mujer, para detenerse al fin en los azules ojos de Wanda.
–¿Estáis bien? –musitó.
Wanda movió afirmativamente la cabeza.
–¿No ha pasado… nada? –insistió O’Rourke.
Wanda movió ahora la cabeza en sentido negativo. O’Rourke aceptó su versión, pero adelantó una mano, apartó la manta que cubría a la muchacha y durante unos segundos, mientras ella permanecía como petrificada, estuvo mirando, demudado el rostro.
–¿Nada? –insistió de nuevo.
Wanda volvió a mover negativamente la cabeza. Pete O’Rourke la movió en sentido afirmativo, aceptando. Miró a Carmen y Rosita, que le decían con los ojos que estaban bien… Se puso en pie, volviéndose hacia la media docena de hombres que le contemplaban expectantes, relucientes los ojos.
–¿Vamos a arreglar esto, Kirkpatrik? –preguntó.
–En bien de todos, será lo mejor.
–Así lo creo. Me iré ahora con ellas, y…
–Sin bromas, tejano. ¿Nos tomas por idiotas? Malo ha sido que hayáis matado a tres de los nuestros; malo que hayáis sido tan listos de quitarnos el dinero en nuestras propias narices; malo que tengamos que hacer un trato, nosotros que siempre hacemos lo que nos place… Pero ya no más. Estas mujeres no van a salir de aquí, al menos vivas, mientras nosotros no tengamos el dinero.
–Pues nosotros no tenemos intención de entregaros el dinero hasta que ellas hayan salido de aquí… vivas.
–Bueno, la situación es un poco difícil, ¿verdad?
–Puede arreglarse.
–Eres muy listo, ¿eh? Apuesto a que ya lo tienes todo muy bien pensado.
–Así es –sonrió O’Rourke–. Podemos hacer las cosas a gusto de todos. Luego, una vez tengáis vosotros el dinero y nosotros a las mujeres, podéis elegir entre seguir la pelea o marcharos de aquí camino de México.
–Eso se decidirá en el momento oportuno. ¿Cuál es tu idea?
–Uno de tus hombres vendrá conmigo ahora. Verá el dinero, lo volverá a meter en las alforjas, saldrá de la casa de Wanda y os dirá si está conforme. Nosotros tres estaremos detrás de él. apuntándole. Esperaremos en el porche a ver salir a las tres mujeres, y ellas irán hacia la otra casa. Cuando estén a mitad de camino, esto es. pasando por delante del pozo, vuestro compañero empezará a caminar hacia aquí con el dinero. Las mujeres se reunirán con nosotros, vuestro amigo con vosotros, y el cambio estará hecho.
–¿Así de fácil?
–Puede suceder –sonrió fríamente O’Rourke– que vosotros o nosotros nos las demos de listos. Si somos nosotros los que nos pasamos de listos, querremos matar a vuestro amigo, en cuyo caso es seguro que vosotros mataríais a las tres mujeres antes de que se hubiesen alejado un solo paso más del pozo. Si los listos sois vosotros, nosotros mataremos a vuestro amigo inmediatamente, y aunque las mujeres también sean asesinadas, el dinero quedaría a mitad de camino. Me gustaría saber, entonces, cuál de vosotros sería capaz de ir a por él cerca del pozo. Ya sólo seríais cinco.
Una a una, las palabras de Pete O’Rourke fueron cayendo en la estancia como si fuesen trozos de hielo. No había error, no había posibilidad de confusiones. El tejano se estaba explicando de maravilla. Si jugaban sucios unos u otros, morirían las tres mujeres y el enviado de Kirkpatrik. Si se jugaba limpio, unos tendrían el dinero, otros las mujeres… y ya se vería qué pasaba más adelante.
–De acuerdo –aceptó Kirkpatrik, tras breve meditación–. El trato me parece conveniente, tejano. ¿Cuándo lo hacemos?
–¿Cinco minutos? –susurró O’Rourke.
–Bien. Meted el dinero en las alforjas, y Martin irá a buscarlo; las tres mujeres saldrán tras él: podréis verlas perfectamente.
–De acuerdo.
O’Rourke dirigió una última mirada a las mujeres, y salió de la casa de la viuda Martínez. Todavía estaba en el porche cuando Martin, lívido, se encaró con su jefe.
–¡Escucha, Joe, si piensas que yo…!
–Cállate.
–¡Esa parte es muy arriesgada! ¿Por qué yo? ¡Si esos tres malditos tienen alguna idea en la mollera, seré el primero en caer! ¡Y la idea no me gusta nada!
–Quizá mi idea te guste más –sonrió Kirkpatrik–. Ellos mismos se han metido en la trampa.
Los cinco forajidos se quedaron mirando estupefactos a su jefe.
–¿Cómo? –gruñó Vanish–. ¿De qué hablas? ¡Ese tejano…!
–¡Ese tejano no es tan listo como él piensa! Escuchad bien: ellos esperan ver llegar a las tres mujeres, ¿no es así?
–Claro…
–Y ese tejano ha estado aquí. ¿No?
–Pues sí…
–Bien. Las ha visto. Las ha visto ahí, acurrucadas, muertas de miedo, envueltas en mantas, temblando. Ahora, echad un vistazo por la ventana: no hay ni una sola luz ahí fuera. Ni una sola. Nada. Sólo se ven sombras.
–Yo le veo bien la cara a Pellman –dijo Boes, tras echar un vistazo por la ventana.
–¿Se la verías igual si Pellman estuviese envuelto en una manta?
–Claro que no, pero… ¡Qué demonios! ¡Oye! ¿Estás pensando que…?
–Exactamente eso es lo que estoy pensando –sonrió malignamente Kirkpatrik Nos vamos a divertir… Y además, tendremos el dinero y las mujeres. Y cuando nos vayamos de este maldito pueblo llamado Valle Salazar lo habremos convertido en una hoguera. ¡Se van a acordar de nosotros mientras vivan… los que queden vivos!
* * * *
–¿Están vivas? –preguntó Manolón.
–¿Están… bien? –preguntó Ja Ja.
–Están vivas y bien –suspiró O’Rourke–. No ha pasado nada. La llegada de Phil fue muy oportuna… ¿Dónde está Phil?
–Se ha ido.
–¿Se ha ido? ¿Se ha vuelto a marchar?
–No sé. Supongo que no –encogió los hombros Manolón–. Se ha ido por la puerta de atrás, eso es todo.
–Bien… Bueno, sabemos que con Phil siempre se puede contar del modo más conveniente. De todos modos, ahí fuera sólo podemos salir tres.
–¿Ahí fuera? –exclamó Ja Ja.
Pete O’Rourke les puso al corriente del trato realizado con Joe Kirkpatrik, y los dos mexicanos, tras escucharle atentamente, asintieron.
–Está bien, Pete. Lo haremos así. Tu cabeza es la que mejor piensa del grupo. Siempre lo ha sido.
–Una cabeza de filósofo –sonrió Manolón.
–Recojamos el dinero –sonrió a su vez O’Rourke–. Lo volveremos a meter en las alforjas.
–Yo lo haré –dijo Ja Ja.
Se arrodilló ante el montón de billetes y comenzó a introducirlos en las propias alforjas de Joe Kirkpatrik, a manos llenas. Se detuvo un instante, para mirar a sus amigos.
–Es una fortuna –masculló–. ¿De verdad vamos a devolverlo, Pete? ¿No podríamos…?
–El dinero o Rosita, Ja Ja: elige.
El feísimo mexicano refunfuñó algo, y siguió metiendo el dinero en las alforjas, Manolón y O’Rourke se habían colocado uno en cada ventana, mirando con gran atención hacia la casa de la viuda.
–Esto ya está –dijo Ja Ja.
–Pronto vendrá el tal Martin a por ello –musitó O’Rourke.
Ja Ja dejó las alforjas a un lado, tomó uno de los dos rifles de que disponían y se colocó junto a Manolón, que se tiraba del bigotazo, impaciente.
–Ahí sale uno –dijo de pronto.
–¡Tejano! –se oyó en la placita–. ¡Voy para allá!
–¡Adelante, Martin! –gritó O’Rourke.
Le vieron cruzar la plaza, llegar al porche… Apareció en la casa y enseguida su mirada fue hacia las abultadas alforjas, henchidas de billetes. Luego miró a los tres amigos, que le apuntaban serenamente.
–¿Puedo ver el dinero?
O’Rourke asintió con la cabeza. Martin abrió las alforjas. echó un vistazo, removió los billetes y asintió con la cabeza. Se puso en pie, colocándose las alforjas en un hombro, y fue hacia la ventana ocupada por Pete.
–¡Joe! –gritó Martin–. ¡Está bien, tengo el dinero! ¡Voy a salir ahora!
Se movió hacia la puerta, pero la punta del rifle que sostenía O’Rourke con la mano izquierda se clavó en su nariz.
–Tranquilo, amigo… Antes quiero ver salir a las mujeres… ¿Están saliendo, Ja Ja?
–No las… Sí. ¡Sí! Ahora salen… Bueno, supongo que son ellas, sí; sólo veo bultos raros…
–¿Envueltas en mantas? –preguntó O’Rourke.
–Sí. ¡Eso es! Van encogidas, envueltas en mantas…
–Son ellas. –La gris mirada de Pete fue hacia Martín–. Tú, camina ahora. Despacio. Las manos en alto. ¿Está claro?
El primero en salir al porche fue Martin, llevando el dinero. Detrás. O’Rourke, Manolón y Ja Ja, con las armas en la mano. A la fría luz de las estrellas, a la lívida luz del gajo de luna, vieron las tres sombras envueltas en mantas caminando penosamente, encogidas. Las vieron llegar al pozo, y O’Rourke susurró:
–Tú, ve a reunirte con tus amigos. Sin prisas: cuando ellas estén aquí, tienes tú que estar junto al pozo. Si vas más deprisa de lo convenido, nosotros te pararemos. Camina.
Martin bajó del porche, sonriendo en cuanto les volvió la espalda a los tres; sus pisadas resonaban blandamente en el polvo de la calzada, acercándose a las tres figuras encorvadas que se acercaban, como sombras. Tres figuras que, ciertamente, no eran las mujeres que el tejano y sus amigos esperaban, sino Ballard. Boes y Glendale, envueltos en las mantas, mientras las tres mujeres, atadas y amordazadas, habían sido tiradas dentro de uno de los cuartos de la casa. para que no molestasen, para que no pudieran lanzar un grito de aviso a sus enamorados… Casi le daban ganas de reír. En un instante, cuando Ballard, Boes y Glendale estuviesen a su altura, los cuatro comenzarían a disparar contra el tejano y sus amigos… Y los acribillarían como a tontos conejos.
Los tres forajidos, envueltos en sendas mantas, estaban ya a tres pasos de él, dos… Se preparó para sacar el revólver…
–¡Pete! –resonó la voz en la placita–. ¡No son ellas!


8


Sucedió todo en un segundo.
Martin llevó una mano a su revólver, mientras sus compañeros envueltos en las mantas, lanzando una exclamación de rabia, las arrojaban al suelo, dejando al descubierto las armas que ya llevaban preparadas para disparar…
El único que no pudo hacerlo fue, precisamente, Martin.
Apenas había tocado la culata de su revólver cuando, por detrás de él, la noche se llenó de fogonazos. Martin recibió en la espalda nada menos que cuatro de los plomos disparados por Manolón, Ja Ja y O’Rourke, en veloz sucesión, y dio un grotesco salto hacia sus compañeros, justo cuando éstos apretaban los gatillos de sus armas…
Pareció que Martin quedase partido en dos por la terrible andanada, mientras, tendidos en el porche, O’Rourke y sus amigos seguían disparando, oyendo silbar algunas balas que pasaron por encima de ellos, entraron en la casa, se clavaron en la pared, destrozaron algunos cristales… Pero Martin se había llevado la peor parte de las raciones disparadas por sus amigos y por sus enemigos, actuando de muro.
Y mientras Martin, despedazado, caía lleno de sangre, sus compañeros pagaban las consecuencias de haberle tenido precisamente delante en el momento de disparar. Todavía pudieron disparar unas cuantas balas más, pero ya sin saber hacia dónde las dirigían.
Ni lo sabrían nunca. Glendale recibió en el pecho dos balazos de rifle, y en el centro de la frente una bala de revólver. Fue suficiente para salir volando hacia atrás, rebotar en el polvo, ponerse en pie como si fuese un extraordinario muñeco y, finalmente, girando, caer de bruces sobre el brocal del pozo, enviando abajo uno de los tiestos con flores y quedando allí, tronchado, en su lugar, con la cabeza hacia el interior del pozo.
Ballard recibió tres balazos de rifle en el vientre y saltó como un gato escaldado, aullando como un loco, como si estuviese sumergido en los mismísimas fuegos del infierno… Aún estaba en lo alto cuando O’Rourke le disparó con el revólver, acertándole en plena cabeza y silenciándole de golpe.
Mientras, Baes, que insistía en disparar hacia el porche de la casa de Wanda, recibía el chorro de balas que a una velocidad increíble disparaban Manolón y Ja Ja acertándole al alimón, como si fuese un viejo pote vacío que se lo fuesen pasando en el aire en un entrenamiento de puntería. De los tres, fue Boe el que quedó en peor estado, pues, cuando cayó de cabeza quedó recogido, como envuelto, liado sobre sí mismo, desarticulado hasta el punto de parecer una bola…
Y posiblemente aún estaban muriendo los tres cuando Pete O’Rourke, cojeando, lleno de sangre el muslo derecho, salió del porche y echó a correr hacia la casa de la viuda Martínez, gritando como un loco:
–¡Phil! ¡Las van a matar ahora, las van a matar…!
* ** *
Pero Phileas Corbett ya había calculado esto, así que después de advertir en el momento oportuno a sus amigos del truco que Kirkpatrik les había preparado, y que él había escuchado entrando en la casa por el corral, se apresuró a abandonar el tejado desde el cual había gritado, para volver a entrar en la casa, otra vez por el corral, pistola en mano.
Estaba en el extremo del pasillo que desde el interior de la casa llevaba al corral, cuando, en efecto, vio aparecer por el otro extremo a Joe Kirkpatrik y al último de sus hombres, Vanish, los dos con los rostros deformados por el odio, el deseo de matar, dispuestos a entrar en el cuarto donde habían encerrado a las tres mujeres atadas y amordazadas…
Se vieron a la vez unos a otros.
Kirkpatrik y Vanish gritaron enrabiados y dispararon a la vez contra Corbett, al mismo tiempo que Corbett disparaba contra ellos.
Con el primer disparo, Corbett reventó la cabeza a Vanish, que ni siquiera pudo terminar su grito de furia. Fue lanzado de lado contra la pared, donde su reventada cabeza dejó un rojo brochazo.
Simultáneamente, Kirkpatrik disparaba contra Corbett y vio a éste salir disparado hacia atrás, de nuevo hacia el corral, desde donde Corbett disparó a su vez contra Kirkpatrik por dos veces, obligando al jefe de los forajidos a lanzar un berrido cuando las dos balas trazaron otros tantos surcos en su cuero cabelludo, arrancándole sombrero, cabellos y piel.
Todavía, desde el corral, Corbett disparó otra vez, y Kirkpatrik, que ya ni siquiera veía la sombra de su enemigo, dio media vuelta, y regresó corriendo hacia la cocina-comedor-vestíbulo de la casa de la viuda Martínez, convencido de que llevaba tras él a aquel demonio brotado de la oscuridad. ¿Cómo era posible que estuviese allí, si él había contado perfectamente que en el porche de la otra casa habían estado el tejano y los dos mexicanos…?
–¡Pete! –oyó un fortísimo grito–. ¡Ahí te va el último!
Demasiado tarde, Kirkpatrik comprendió que su ofuscación le había jugado una mala pasada. Demasiado tarde, porque estaba saliendo ya al porche, a toda prisa, revólver en mano… Al oscuro porche, al cual llegaba bastante deslumbrado por la luz del quinqué del interior de la casa.
En realidad, entre el sobresalto, la furia y la prisa por escapar de aquel inesperado demonio, Joe Kirkpatrik podía considerarse como un pobre ciego cuando apareció, enloquecido, en el porche…
* * * *
Pero Pete O’Rourke, que llegaba entonces allá, y vio aparecer a Joe Kirkpatrik a menos de diez pasos, no lo pensó así… Pete O’Rourke vio aparecer a Joe Kirkpatrik revólver en mano, rugiendo de furia, volviendo la cabeza a un lado y a otro… Igual que una fiera que se dispone a morir lanzando dentelladas a diestro y siniestro.
Y como Pete O’Rourke sabía sobradamente que había descargado su revólver contra los otros forajidos, lo dejó caer y alzó el rifle que empuñaba en la mano izquierda…
¡Bang!
Kirkpatrik recibió el plomo en el centro del pecho. lanzó otro alarido y disparó su revólver, al aire, hacia el techo del porche, por encima del cual saltaron varias astillas…
¡Bang!
Una vez más gritó Joe Kirkpatrik, retorciéndose por los efectos del fortísimo impacto de bala disparada ahora a siete pasos…
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
Como pluma al viento, Kirkpatrik llegó girando a la ventana, dio de bruces en ella, reventó los cristales de la parte alta con la cara y metió la cabeza en el cuadro.
Quedó inclinado hacia delante, colgando por la barbilla…
Era un modo como otro cualquiera de morir ahorcado.
Y un silencio denso, terrible por lo brusco, reinó una vez más en el pacífico Valle Salazar. Detrás de O’Rourke, Manolón y Ja Ja, que habían hecho los últimos disparos, estaban ahora tan inmóviles como su amigo, todavía crispados.
Por fin Pete O’Rourke dio un paso, otro, otro… Sus pisadas resonaron en el porche de madera. Cuando entró en el cuarto donde estaban las tres mujeres las vio acurrucadas en un rincón, envueltas en mantas, desorbitados los ojos. Detrás de él aparecieron Ja Ja y Manolón. Rosita y Carmen cerraron los ojos, y entonces unas gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
Wanda parecía que no iba a llorar, pero de pronto emitió un ronco sollozo y su cabeza se abatió.
O’Rourke se arrodilló ante ella y la alzó, sujetándola por las mejillas.
–Ya ha pasado –susurró–… Wanda, ya está. Todo ha terminado.
La muchacha rompió a llorar y entonces Carmen y Rosita se lanzaron a imitarla, con profundos hipidos. Era el estallido de la carga de miedo que durante aquellas horas había estado latente en sus cuerpos, y los tres hombres lo comprendieron así. O’Rourke acarició la rubia cabellera de Wanda, volviendo la cabeza hacia sus sobrecogidos amigos.
–Dejémoslas llorar –sonrió–. Lo necesitan de verdad;
–Para Rosita debe de ser algo nuevo –quiso bromear Manolón.
–¿Y Phil? –preguntó Ja Ja–. Me pareció que gritaba desde dentro de la casa…
O’Rourke se irguió vivamente, de nuevo pálido de pronto.
–¡Phil! –llamó–. ¡Phileas!
No recibió respuesta. Salió a toda prisa del cuarto, recorrió el pasillo y apareció en el corral, casi cayendo de bruces al tropezar con el cuerpo tendido en el suelo. O’Rourke oyó nítidamente el gemido, y se dejó caer de rodillas.
–¡Phil! –aulló–. ¿Dónde te han…?
–Tranquilo… –jadeó Corbett–. Tranquilo, tejano… Ésta es mi bala, y ya no tiene remedio.
Ja Ja y Manolón aparecieron entonces, miraron a su amigo y se mordieron los labios. Incluso a la escasa luz lunar se veía perfectamente la gran mancha de sangre que se extendía por su pecho.
–Ayúdame, Manuel –susurró O’Rourke.
Alzaron a Corbett, con cuidado; O’Rourke por los pies y Manolón por los hombros. Ja Ja, aturdido, colaboró sosteniendo al herido por la cintura, y Corbett soltó una risita que se quedó en un gemido.
–Es como… como si ya me llevaseis… al cementerio… Y me gusta… Me gustaría que… que así ocurriese cuando… cuando…
–¿Te quieres callar? –graznó O’Rourke.
Cuando lo depositaron en una cama, las mujeres estaban ya con ellos, y pareció que todo su espanto desaparecía de golpe.
En un instante las tres se pusieron a trabajar reuniendo lo necesario para atender la herida de Phileas Corbett, que O’Rourke dejó al descubierto, cortando las ropas con el cuchillo de Ja Ja… El cuchillo que Phil Corbett, arriesgando su vida, había dejado en el alféizar de la ventana, para lanzar luego el canto del mochuelo, avisando de que disponían de un arma… Eran muchos años juntos, había mucha compenetración entre ellos…
O’Rourke se mordió los labios cuando vio la herida y Phil, que escrutaba el rostro de su amigo, sonrió torcidamente, con una fea mueca.
–Ya te he dicho… que ésta… es mi bala, Pete..
–Cállate. Vamos a intentarlo todo, Phil
–Es inútil… Siento… el frío dentro… ¿Tú sabes lo que es eso, Pete?… Es ese frío de la muerte… que… que no se parece a ningún otro frío…
–Pero ¿no puedes callarte? –gimió Manolón.
–Si me callo…, ¿cómo… cómo podré deciros adiós?
–No habrá adiós, Phil –musitó O’Rourke–. Todo lo que tienes que hacer tú es callarte. Lo demás lo haremos nosotros… Y cuando salga el sol, estarás bien.
–Tonterías… Sé que no veré otra… otra vez… ese… ese maldito sol de Texas que… que quema las… las pestañas…
–Te lo suplico, Phil: cállate.
–No me da… la gana… Sois tontos… ¿Por qué tener esa esperanza?… Tengo mi bala en mi cuerpo… Lo sé… Pero no importa… No importa, Pete, Ja Ja, Manuel… No importa. Me alegra morir así… y ahora… Vosotros habéis encontrado en Valle Salazar algo… por lo que vale la pena vivir, y yo… he encontrado aquí algo… por lo que vale la pena… morir: mis amigos… Todo lo… lo hemos encontrado en este… pueblito… No permitáis… que nadie os quite… lo que a mí me ha costado la… la vida…
Pete O’Rourke fue a decir una vez más a Phileas Corbett que se callase, pero se encontró con que tenía en la garganta una bola de estopa, como incrustada, como clavada allí para siempre. Pero tras un esfuerzo, consiguió tragar aquella dolorosa bola, y susurrar:
–Cuando salga el sol, estarás bien.
* * * *
Bajo el implacable sol de cien mil demonios de aquel mediodía, uno de los cinco jinetes que llevaban una placa metálica de cinco puntas en el pecho desmontó, entre el grupo de raquíticos robles. Examinó el suelo atentamente durante unos segundos. Luego alzó la cabeza y su mirada, llena de sol, brillante entre las pestañas llenas de polvo, fue hacia el jinete de más edad, cuyo rostro era pétreo, sus ojos claros, su mandíbula recia, agresiva, quizás un tanto suavizada por las grises hebras de sus sienes.
–Estuvieron aquí, señor –musitó–. Tuvo que ser ayer. Tienen que ser ellos: no eran menos de ocho o nueve.
–Muy bien, Abel –susurró Roger Mac Lean, capitán de los Rurales de Texas–. ¿Puedes decimos hacia dónde se dirigieron?
Abel Sherman, rural raso, recién ingresado en el Cuerpo, vaciló y volvió a estudiar el terreno. Podía leer en él casi tan bien como un indio, pero tenía que asegurarse. Dio unos pasos, contemplado atentamente por su capitán y sus tres compañeros, uno de ellos nada menos que el veteranísimo y malgeniado sargento Forbes. Por fin, se detuvo y señaló hacia un punto.
Se calló en seguida. Como él, los demás también escucharon aquel sonido que, de pronto, parecía llegar de todos los puntos del valle a la vez:
Tan… tan… tantán… tan… tan… tantán…
–Una campana –dijo el sargento Forbes.
Rodríguez, un tejano-mexicano que llevaba tres años en los rurales, asintió y se quitó el sombrero. Los demás le miraron con los ojos entornados.
–¿Tocan a muerto, Rodríguez?
–Sí, capitán.
Roger Mac Lean quedó sombrío, mirando hacia el fondo del valle. No veía nada allí, pero el lúgubre sonido de la campana seguía llegando con toda claridad. Por un momento tuvo la impresión de que aquella campana jamás dejaría de sonar. Y por un momento, se dijo que todo había sido inútil. México estaba muy cerca… Tan cerca que ni siquiera él, por muy capitán que fuese de los Rurales de Texas, podría hacer nada.
De nada había servido que él tomase el mando de aquel grupo, llevándose al feroz perro de presa que era Forbes… Había querido no dejar escapar aquella ocasión de acorralar a Joe Kirkpatrik, y había abandonado su cómodo despacho dispuesto a conseguirlo aunque se dejase la piel en aquella misión… Joe Kirkpatrick, el asesino y ladrón, no tenía que escapar aquella vez.
Sin embargo, había estado un día antes en aquel lugar… ¡Todo un día, con México a cuatro pasos! Imposible alcanzarle ya…
–Si Kirkpatrik ha pasado por ese lugar, no me sorprende que las campanas toquen a muerto –susurró.
Tan… tan… tantán… tan… tan… tantán…
–¿Qué hacemos, señor? –preguntó el casi novato Abel Sherman, el único que había desmontado.
–Busquemos esa campana.


9


El padre Anselmo vio llegar a los cinco jinetes cuando todavía estaban bastante lejos. Primero, vio la nube de polvo. Luego, cuando estuvieron un poco más cerca, el sol pareció reventar en forma de fuegos dorados en los pechos de un par de aquellos jinetes.
–Esta vez sí son los rurales –musitó, y llamó–: ¡Juan!
El hijo mayor de la viuda Martínez corrió hacia él y se quedó mirándole expectante, muy abiertos sus grandes ojos negrísimos de mexicano de pura cepa.
–¿Sí, padre?
–Ve a avisarles. Diles que vienen cinco rurales. Y será mejor que pases por el corral y les lleves sus caballos.
–Sí, padre.
El muchacho dirigió una mirada a los nueve cuerpos tendidos en el suelo delante de la iglesia, cubiertos con mantas, y echó a correr. El padre Anselmo también miró aquellos nueve bultos y se estremeció. Y también se preguntó si estaba obrando bien. Quizá… se estaba equivocando con ellos. Quizás. Pero tenía la esperanza, casi la certidumbre, de que no era así.
Había llegado hacía dos horas, y tuvo tiempo de ver agonizar al llamado Phil Corbett, y hasta de perdonarle sus pecados mientras el moribundo le dirigía una sonrisa irónica, más bien socarrona. Luego, cuando los ojos de Phileas Corbett se cerraron para siempre, el padre Anselmo miró a los otros tres hombres, y vio en sus ojos aquel brillo que pocas veces se podía ver en los ojos de los hombres de revólver… Aquel brillo de lágrimas por la muerte de un amigo.
Estaba seguro de que no se equivocaba. Inevitablemente tenía que depositar su confianza en aquellos tres hombres que, junto a los nueve hombres que habían matado, depositaron unas alforjas con tanto dinero que el padre Anselmo se preguntó si realmente podía existir semejante cantidad. Y allí estaban las alforjas, junto a los muertos.
Las tomó cuando los cinco jinetes con placa en el pecho desembocaban en la placita, y acudió a su encuentro alzando las alforjas con su flaca, huesuda mano.
–¿Buscan ustedes esto? –preguntó.
El jinete de más edad desmontó y se acercó a él, mirándole con amable curiosidad.
–Buenos días, padre –saludó–. Soy Roger Mac Lean, capitán de los Rurales de Texas.
–Sea bien venido a Valle Salazar, capitán Mac Lean. Unos hombres me han entregado esto para ustedes.
–¿Ésos? –señaló Mac Lean los nueve muertos cubiertos por mantas.
–No. Ésos no habrían devuelto jamás las alforjas.
Roger Mac Lean las tomó, las abrió y sus ojos se achicaron al contemplan la gran cantidad de billetes. Con las alforjas en una mano, caminó luego hacia la hilera de cadáveres, y fue destapando sus rostros, hasta tener ante sus ojos aquel de cara llena de pecas, cabellos y barba rojos…
–Has caído al fin, Kirkpatrik –musitó–. ¡Al fin!
A pesar de haber hablado exclusivamente para sí mismo, el padre Anselmo debió de oírle, porque preguntó:
–¿Era un hombre malo?
–Era un demonio –alzó la mirada Mac Lean–. Un ladrón, un canalla, un asesino…, una bestia.
–Dios le perdone.
–Lo dudo –sentenció Mac Lean, incorporándose–. ¿Quién ha matado a estos hombres?
–Lo hicieron entre cuatro.
–¿Cuatro nada más? ¿Llegaron aquí quizá compañeros nuestros?
–No –sonrió el padre Anselmo–. Fueron cuatro hombres de los que ustedes llaman .
–Entiendo. Hubo una pelea entre ellos por el dinero, y…
–Fue algo así. Pero muy diferente a lo que usted piensa.
Mac Lean alzó las cejas. No comprendía.
–¿Dónde están esos cuatro hombres ahora?
–En el cementerio… Uno de ellos se quedará allí para siempre, el llamado Phileas Corbett. Los otros tres estarán ya galopando hacia México…
–¿Phil Corbett? ¿Y los otros tres son Manuel Chávez, Luis Pérez López y Pete O’Rourke?
–Sí.
Una sonrisa de desconcierto apareció en los labios del capitán de rurales.
–Les están buscando muy lejos de aquí. Es decir, les estaban buscando. Ya deben de haber creído que han pasado a México, y mis hombres habrán vuelto grupas. ¿Cuánto hace que partieron?
–Poco. Les envié sus caballos cuando ustedes aparecieron allá arriba.
–¿Se ha hecho cómplice de ellos? –alzó las cejas Mac Lean.
–Temo que sí.
–Según parece, usted no sabe con qué clase de hombres ha estado tratando, padre. Esos cuatro sujetos, además de una serie de pequeñas fechorías, últimamente se decidieron a asaltar una diligencia y…
–No hubo muertos. Todo fracasó.
–¿Qué sabe usted de todo esto?
–Todo. Ellos me lo contaron todo. Todo.
–¿Y qué es… todo?
–Si dispone de unos minutos, puedo explicárselo.
Roger Mac Lean miró hacia el fondo lejano del valle. Por allá debían de estar galopando tres jinetes, escapando… Miró al padre Anselmo, sonrió y asintió con la cabeza.
–Le escucho –dijo.
Y al mismo tiempo, hizo una seña al sargento Forbes, que miró a sus compañeros, señaló hacia el sur y partió a todo galope… seguido por los otros tres rurales. El padre Anselmo frunció el ceño, pero enseguida encogió los hombros.
–Ya no podrán alcanzarlos. Sus caballos están muy cansados, y los de ellos llevan tres días de descanso y buena comida.
–Su ayuda a esos hombres es muy decidida –sonrió Mac Lean, que comenzó a liar un cigarrillo–. Pero quizá quede justificada con esa explicación, ¿verdad?
–Yo creo que sí. Verá…
Comenzó la explicación. Roger Mac Lean encendió el cigarrillo, mientras sus ojos iban de un lado a otro de Valle Salazar: la placita, el pozo con flores, las blancas casas que parecían hechas de sol, de silencio… En los porches habían aparecido mujeres, niños, hombres…
Primero habían ido al entierro de Phil Corbett, pero luego habían dejado en el pequeño cementerio a Manolón, Ja Ja y Pete ’Rourke solos, con las cabezas caídas sobre el pecho, los sombreros en las crispadas manos…
Kirkpatrik y sus hombres serían enterrados más adelante, y el dinero quedaría en poder del padre Anselmo…
Llegó un perro, sacando dos palmos de lengua, y se tiró a la sombra, junto a los pies del padre Anselmo.
Un poco más allá, unas gallinas picoteaban cualquiera sabía qué. En los sombreados porches, cientos de oscuras miradas estaban clavadas en aquel hombre que llevaba una estrella de metal sobre el corazón.
Fue una explicación breve, rápida, pero completa.
Mac Lean tenía fruncido el ceño.
–Pero si ellos querían quedarse aquí, esperándonos, para entregarse…, ¿por qué les ha enviado usted sus caballos?
–He pensado que hombres como ésos morirían entre rejas.
–Es posible. Pero quizá le han engañado, padre. A fin de cuentas ellos se han escapado, después de tanto decir que se quedarían…, que empezarían de nuevo aquí, que…
Mc Lean captó primero la sorpresa del padre Anselmo. Luego, su extraña sonrisa. Y cuando miró hacia donde él miraba vio a los tres hombres, acercándose a pie, llevando tras ellos a sus caballos.
Un gesto de alarma pasó por los ojos de Roger Mc Lean… De pronto se dio cuenta de que estaba solo. Solo contra tres de los cuatro hombres que habían sido capaces de eliminar nada y nada menos que a Joe Kirkpatrik y su banda.
Los vio caminar hacia él, con los revólveres al cinto… No. Sólo dos de ellos llevaban revólver. El más menudo llevaba… un cuchillo. Caminaban directo hacia él.
Roger Mc Lean se pasó la lengua por los labios. Su mano derecha quedó colgando cerca del revólver, mientras notaba una dolorosa laxitud en todo el cuerpo. Mala suerte. Muy mala suerte para él. Podían matarlo, escapar por otro camino, y jamás serían encontrados en México… Buena jugarreta. Buena trampa la de aquellos hombres. Buen maldito mentiroso estaba hecho el padre Anselmo…
A la derecha de Mc Lean hubo un movimiento. Miró un instante hacia allí y vio a un muchacho de ocho o nueve años llegando a un porche en el cual a tres mujeres y a seis o siete niños más. Sólo quiso mirar un instante, pero su mirada quedó como clavada allí. Ah, sí… Las tres mujeres debían de ser Rosita, Wanda y Carmen; y los niños, los hijos de la última.
Volvió a mirar a os tres hombres, y los vio detenidos ya, a seis u ocho metros de él, mirándolo. Todo el mundo le estaba mirando a él. Todo el pequeño mundo contenido en Valle Salazar.
Y de pronto Roger Mc Lean se dio cuenta de que había dejado de mirar a aquellos tres hombres durante unos segundos, durante los cuales podía haberlo acribillado impunemente, sin fallo posible. ¿Por qué había cometido tan tremendo error? ¿Cómo era posible que él hubiera dejado de vigilar la llegada de tres fuera de la ley? Ahora podía ver muy bien los ojos de aquellos tres hombres. Estaban fijos en él, impávidos, bien abiertos, tranquilos. Parecían esperar algo.
¿Qué estaban esperando?
Y de pronto, Roger Mac Lean lo comprendió. O creyó comprenderlo. Pero… ¿sería posible?
¿Era posible?
Lo probó.
Adelantó dos pasos, les señaló y dijo:
–Quedan detenidos en nombre de la ley.
El de los ojos grises asintió con la cabeza y se desabrochó el cinto. Los otros dos le imitaron rápidamente. Y el primero miró al padre Anselmo, sonrió y dijo:
–Gracias por su intento, padre Anselmo. Pero si escapamos, perderíamos para siempre Valle Salazar, y… preferimos perderlo sólo durante… un tiempo.
–Eso es una folo… No… Una foli… No, no. ¡Una filosofía! –sonrió el mexicano enorme de los grandes bigotazos.
Mac Lean parpadeó. Se hizo cargo de los dos revólveres y el cuchillo, y miró al padre Anselmo, desconcertado. Éste sonrió.
–Si quiere haré sonar la campana, y sus hombres comprenderán que deben volver.
–Sí…, sí, gracias… ¿Hay cárcel aquí?
–No –rió el padre Anselmo–. ¡No! Aquí no hay nada. Sólo gente. Sólo personas. Pero si quiere, puede encerrarles en la iglesia.
El rural miró sorprendido el pequeño edificio poco menos que en ruinas. Por cualquiera de aquellos agujeros podía escaparse hasta un elefante. Cuando volvió a mirar al cura, captó la socarrona sonrisa de éste, y soltó un gruñido.
–Está bien. Avise a mis hombres, ¿quiere?
–¿Puedo hacerlo yo? –preguntó Manolón–. ¡Me gusta tanto tocar la campana…!
–A mí también –dijo Ja Ja–. Ahora sé tocar la guitarra… y la campana. ¡Ja, ja! ¡Ja, ja, ja!
–¡Ja, ja! ¡Jo, jo, jo! –rió Manolón–. ¡Eso ha estado bueno, Ja Ja! ¡La campana!
Pete O’Rourke también soltó una risita. En el porche donde estaban las mujeres con los siete niños, una de ellas rió también, nítidamente, y Ja Ja se volvió y le envió un beso. En otro porche alguien rió. Y en otro…Y en pocos segundos todo Valle Salazar estaba riendo, mientras Manolón sujetándose los costados exclamaba una y otra vez:
–¡Sabe tocar la guitarra… y la campana! ¡La campana!
–Ya basta de broma –dijo Mc Lean, sonriendo a su pesar–. A ver si es verdad que saben tocarla.
* ** *
Los cuatro rurales detuvieron sus caballos cuando hasta ellos llegó el sonido de la campana. Se miraron, fruncieron el ceño, quedaron indecisos…
Por fin, el sargento Forbes hizo volver grupas a su caballo, y los otros rurales le imitaron.


ÉSTE ES EL FINAL


El capitán Mac Lean puso las alforjas con los veinte mil dólares y pico en su caballo, montó y miró al padre Anselmo, que le contemplaba inexpresivamente desde la puerta de la iglesia. La tarde anterior, Joe Kirkpatrik y sus hombres habían sido enterrados, pues el viaje con nueve cadáveres hasta Santone era poco menos que imposible… Y absurdo. Lo importante era que aquellas alimañas descansaban para siempre bajo la tierra. Eso.. y devolver el dinero al banco de Santone.
El rural se despidió con un gesto de barbilla del cura, y miró a sus hombres y a los tres prisioneros, ya montados también, mirando en silencio hacia las tres mujeres y los siete niños que, desde el porche, les contemplaban con tristeza… y esperanza. La bella joven rubia alzó una mano, y la movió levemente. Sus ojos estaban llenos de lágrimas silenciosas. Pete O’Rourke quiso responder al gesto, pero sus manos estaban atadas al pomo de la silla y tuvo que contentarse con sonreír…
–En marcha –dijo Roger Mac Lean.
Rodeados de un silencio tan espeso como el polvo, un silencio casi hostil, los rurales y sus prisioneros se pusieron en marcha, hacia el norte. Poco después, en lo alto de la última loma desde la cual se veía Valle Salazar, Mac Lean se dio cuenta de que los prisioneros habían detenido sus caballos, volviéndolos hacia el pueblo.
–Hasta pronto, Phil –oyó decir a O’Rourke.
–Hasta pronto a todos –susurró Manuel Chávez.
–Esperemos –dijo Ja Ja, muy seriamente– que Valle Salazar esté todavía ahí, igual que siempre, esperándonos…
–Sigan –dijo el sargento Forbes, con sorprendentes buenos modales–. Hay mucho que cabalgar todavía.
Los tres prisioneros le miraron, sonrieron y volvieron a girar sus caballos. Era como si nada pudiese ya perjudicarles. Como si todo estuviese como tenía que estar. Sabían que volverían, y que allá les estaría esperando la tumba del querido amigo, y seres vivos que les amaban. Con estas perspectivas, las cosas difíciles podían aceptarse bastante bien. Sólo tenían que esperar dos, tres, cuatro…, cinco años, quizás.
«¡Cinco años!», pensó Mac Lean. ¡Cinco años entre rejas, sabiendo que les estaban esperando con amor, con cariño, con amistad, en un lugar tranquilo y feliz! Cinco años de espera para tres hombres que querían tener doce hijos uno, aprender a leer otro, tener una mujer risueña y seis vacas otro… ¡Cinco años! Sabiendo que les esperaba todo eso, el tiempo sería mucho más largo. Seguramente, en el penal, aprenderían a ser peores que ahora, se volverían rencorosos… Y cinco años… son muchos años. Quizás olvidasen a Carmen, a Rosita, a Wanda, a los siete niños de la primera, al padre Anselmo, a la placita con un pozo con flores en el centro…
Sí. Quizá saliesen convertidos entonces en auténticas fieras.
Tantan, talantán, tantan, talantán…
Se oyó la campana, en despedida a sus amigos que partían quizá por un año, quizá por cinco…
–¡Alto! –dijo de pronto Roger Mac Lean.
Se detuvieron todos, mirándole sorprendidos. Él se acercó a Pete O’Rourke y le soltó las manos, que llevaba atadas al pomo de la silla.
Pete O’Rourke le miró, primero desconcertado. Luego, sin necesidad de indicación alguna, él mismo soltó a Ja Ja y a Manolón, y los tres quedaron sobre sus caballos, mirando a Roger Mac Lean, esperando…
–Si alguna vez vuelvo a oír hablar de ustedes –dijo serenamente el capitán de rurales– se arrepentirán.
Los tres sonrieron. No hacían falta explicaciones. Pete O’Rourke se llevó dos dedos al ala del sombrero en sencillo y familiar saludo. Luego dio un taconazo a su caballo, que emprendió el regreso hacia Valle Salazar. Volvían allá abajo… Los tres volvían.
–Pe-pero… ¡Pero se van! –exclamó el casi novato Sherman, aturdido–. ¡Capitán, esos hombres…!
–Muchacho –cortó el sargento Forbes–, ésta es una buena lección que no debes olvidar: un rural no es solamente un tipo peligroso. El capitán acaba de enseñarte algo muy importante. De veras, chico, no lo olvides.
Abel Sherman miró a sus demás compañeros. Los vio impávidos, y, si acaso, con una leve sonrisa en los labios.
–Pero… ¡esos hombres se van! –exclamó de nuevo el casi novato Sherman, aturdido.
–¿Qué hombres? –preguntó Rodríguez.
–¡Ésos…! ¡Esos que vuelven hacia el fondo del valle!
Todavía se oía la campana de la iglesia de Valle Salazar. Todavía se oía nítidamente el “tan-tan, talantán”… Pero Roger Mc Lean, capitán de los Rurales de Texas, alzó las cejas, sonrió, y miró al rural novato, como muy sorprendido, preguntando:
–¿Qué valle…?
F I N